viernes, 13 de octubre de 2017

PF1PD #5

Vocifera la señora.
Su equipaje no está.
Su tiempo es el único tiempo.
Su problema es el problema.


Vocifera la señora.
Golpea el mostrador.
¡Pero oiga! ¡Pero oiga!
Quiere su taxi. Para ella sola.

El problema es su problema.

SERPE INTRUSA IN PALINDROMO ITALIANO




IO NON SONO NOI


jueves, 5 de octubre de 2017

TIBIEZA

Les faltó coraje. A unos y a otros. Coraje, ojo, no confundir con osadía; a menudo la osadía es más imprudente que el coraje. El coraje es cortés, quita lo valiente. La osadía quita lo cortés, pone lo caliente. Les sobró osadía. Se les calentó la boca. A unos y a otros. Calentándose las bocas se calentaron las cabezas. Las papas que luego se pasaran de mano en mano. Caldeó todo ambiente, anunciaba infierno. En el coraje hay frío. La vocación es cosa de coraje, no de osadía. El coraje es un sentimiento profundo, labrado, culto. La osadía es un intento, un sopapo, un estrépito. Les faltó vocación, es decir, talento.

Les faltó coraje porque no profundizaron. Lo profundo requiere paciencia. Bajar se baja lento. Si no se revientan los tímpanos. Luego la embolia. Es un fundamento vital para quien pretende sumergirse en la hondura de las cosas. Primero hay que descomprimir para igualar la presión. Son más de chapuzón. No bucean, y si lo hacen, se embelesan en el esmerilado destello de las conchas sobre los brazos del coral, en vez de estar atentos al cambio de corriente que les puede llevar a la asfixia.

Les faltó coraje porque son más toreros que toro. Se confundieron de cuernos por los que agarrar, de trapo al que entrarle. Salieron a matar un Guernica, creyéndolo Miura. De haber sido toros se hubieran medido mejor las fuerzas antes de embestirse. Porque el toro es noble hasta que se da cuenta de que lo quieren matar; algo le avisa. Y se embravece. El torero le baila, lo capea, lo pica, le clava banderillas, luego lo cuadra al sol, y lo mata.

Les faltó coraje, recuerden, no osadía.

La política del jabalí frente a la política del lince.

martes, 3 de octubre de 2017

ORDEN PÚBLICO

Nuestra historia reciente —nada reluciente— y remota está enmarcada en múltiples y notorios episodios de desorden. De desórdenes creados por desequilibrios. El espíritu de la política se forja en la pasión y la razón. El arte de la política está en saber cuándo avivar un fuego y cuándo otro. O cuándo hay que mantenerlo al mismo nivel, para alcanzar templanza. El virtuosismo en política pasa por saber en qué momento hay que dejar de jugar con el fuego y utilizarlo con sabiduría.

Nuestra indisciplina y ánimo proverbial para la insurrección, para el aspaviento, para la insolencia y el solivianto nos ha conducido en numerosas ocasiones hacia atolladeros de los cuales siempre hemos zafado a empujones, a manotadas, en tumultuoso orden. Y es que en España gustamos del tumulto, de la bronca; pero también de la indolencia, dolencia de lo que debería dolernos y no nos duele. Vocación de cicatriz tenemos bien poca. La mala sangre, la zafia y retrógada tirria hacia todo lo por conocer, sea bueno o malo, de esa vocación vamos sobrados. La prepotente y fecunda gonadología que engendra el mal capital de esta sociedad es el victimismo. En este país, hasta los verdugos son víctimas. Somos expertos creadores de incomodidad y molestia; nos las arreglamos siempre para que el molestado sea quien nos solucione la molestia que le hemos causado. Profesamos una afianzada solidaridad por el listillo, nos solazamos con el escándalo. Evitamos por sistema la concordia.

A España le hace falta disciplina. Pero no la castrense. No la clerical, ni la feudal. Esa nos la sabemos ya. La disciplina es una revolucionaria manera de administrar el espacio de las acciones. Es el arte de la organización del tiempo, la visionaria gestión de los instantes, de las secuencias: la semilla de la atención que es el germen de la sublevación contra el orden "establecido". A España le hace falta conquistar esa disciplina del orden natural de las cosas. Del saber cómo entrar y por dónde salir. De dejar la puerta abierta, síntoma de melancólica hospitalidad, también refinada astucia. La disciplina del arranque, la del sabio modo de mirarnos, no la de esa chirriante petulancia entre los pueblos, alimento de legendarias glorias y miserias mutuas. Esa no.

La disciplina del deleite, la de embellecernos con cuatro cosas, a deshora. La de ser puntuales. A España le hace falta la disciplina ardiente de la fragua que temple la hoja de este largo dolor. La disciplina de hablar. La disciplina de escuchar. La disciplina de callar mientras hablamos y escuchamos. La disciplina del silencio.

Hace tiempo que la opinión pública es privada.

Pienso que el orden público no necesita fuerzas del orden público, y que un Estado que no fomenta el orden público, necesita cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado para protegerse del orden público.

Siento que la Política no puede ser otra cosa que social.

sábado, 30 de septiembre de 2017

LA BAMBA


Para bailar la bamba.
Para bailar la bamba
se necesitan unas gafas
de buceador. Un termo
de café. Unas bragas
buenas, de seda o satén,
una doncella bárbara,
una salvaje valkiria
que me desbarate el ser.


Para bailar la bamba.
Para bailar la bamba,
tres mil millones de almas
cogiéndose en las esquinas,
corriendo ante los milicos,
sorteando loterías de tristeza,
gritando "porque sigo siendo el rey"
por callejuelas no aptas para
civiles. No aptas para princesas.

Para bailar la bamba.
Para bailar la bamba
se necesita, en realidad,
paciencia, hermanos y
hermanas.
Se necesita corregir,
saludar, mejorar el gesto,
congregar mirlos al amanecer.
Se necesita todo
lo que ama.

Para bailar la bamba.
Para bailar la bamba
no es preciso llorar,
mi alma, no es preciso.
No es obligatorio descerrajar
deseos más allá de las alcobas.
No hace falta enumerar amantes,
mi guate,
para bailar la bamba.

Para bailar la bamba
se necesita, tan sólo,
una poca,
una brizna delicada y mansa,
una cálida y sonriente,
anciana y socarrona
caricia. Una mentirita.
Un beso en la frente.
Un dedo en los labios
para bailar la bamba.

Para bailar la bamba.

viernes, 29 de septiembre de 2017

POETOPATÍA

La poesía dificulta la circulación. Funciona como una suerte de patología inversa, es decir, el aliento que la insufla lo roba tanto del portador como de quien recibe su influencia. Bien es cierto, que a menudo, el estado que provoca es contrario: sensación de bienestar, armonía, concentración. Esto se debe, principalmente, a la función aeróbica que la poesía ejerce en los huéspedes en los que ésta se va instalando para su reproducción. Ya que, como se anuncia al principio, la poesía dificulta la circulación tanto de la sangre como del flujo de aire, por tanto, la reacción natural del cuerpo es hiperoxigenarse ante un déficit suficiente de oxígeno. Pero ¿cuándo y por qué se produce esta repentina anomalía? ¿Ese inusual estado de placer? Tiene que ver, según lo estudiado, con una cuestión de predisposición del huésped hacia lo etéreo, es decir, a su deseo irrefrenable de levantar el vuelo. Es un síndrome como digo, inusual, este último, pero también alentador, puesto que nos hace atisbar una posible vacuna contra la tristeza, si se lograra aislar el agente causante del gozo poético e inocularlo masivamente a la población. También, en pequeñas dosis, puede ser un remedio eficaz para el anhelo, pues éste también dificulta la circulación del aire; pero por lo que se sabe aún está todo en fase experimental.

29 de septiembre de 2016

martes, 29 de agosto de 2017

RESCOLDO

La parte que sobra
de lo que nos sobra.
Lo que nos falta es más.
Siempre buscando atender.
Solicitar. Requerir. Requerer.
Plegarse sobre la sombra
de lo que sigue siguiéndonos.
El aullido del metal; gato en Benarés.
El libro no escrito. El verso por venir.
La caricia tonta. La cosa nervio.
El busto intacto del amor.
La sien besada entre salitre.
Lo rapaz.
Sernos en la huella de lo
que nos sobra.
Intactos. Secos.
Almidón de párpados.
Secos.
Maquillaje de verano.
Olor a mar.
La parte que sobra.
Es el eco de lo que no.
De lo que sí. Y a nada
se ata. Atarse
al dedo que inicia.
Al amor que está
en cada cosa.
En este ser esto.
Sereno. Siempre
sereno. Siempre.
Lo que nos cansa.
El páramo de la mano
quieta sobre cualquiera.
El punto sagrado en el mapa.
La playa mansa. Lo que surge
de toda marea baja.
El cuerpo
elevándose. Las olas son
mecedora de niñez
que juega a que naufraga.

DOMINGO INTERIOR TARDE

El sueño de la cacerola.
Imagina un guiso imponente.
Un hambre saciada.
La emigración del sabor
de humildes lentejas,
suavidad de zanahorias.
Voracidad de familia vocinglera.
La risa que estalla en cualquier parte
de la mesa. Comedor trepidante.
Quienes dormitan en el sofá,
ajenos a la timba de chinchón.
Al licor de hierbas. Al mejunje.
Al meneo de la próxima partida.
Yo y mi parque móvil de miniaturas.
El alcohol a raudales modificando
comisuras. Elefantes que deciden
descansar en el pasillo. Serengueti
de almas que poseen la dicha de no
tener el tiempo de marcharse. El hacer
de toda la tarde. Lo constante del licor.
Abuela que arría velas de navío hacia
el momento sutil de la marcha. El aire
que deja en su bondad discreta.
La respiración luego se acoge a sagrado;
una iglesia de macacos que se quitan pulgas
y pólipos de las orejas. Un aire que ya es casa.
Esta casa que sigue siendo templo.
Lugar donde renacer es principio y causa.
Todo lo demás viene haciéndose.
De lo que se come se crea.

lunes, 7 de agosto de 2017

ABSENTA

De tu ausencia, las polillas.
Escucho su rumiar de la madera.
Imagino sus mandíbulas, diminutas;
su orgía de serrín. Maquinaria
del desencanto.

De tu ausencia, los encajes.
La textura arrugada de tus bragas.
El semen seco en las sábanas;
el sudor danzando en las cornisas
de la tarde. Los avíos del amor.

De tu ausencia, el color. Los hijos
pródigos. La turbadora sonrisa
del niño que nos interroga
desde la posibilidad de nuestra duda,
desde nuestro nido. Lo sur de nuestro sexo.

De tu ausencia, el brío.
La frenética quietud de esperarte.
El hipo por faltarme el eclipse;
el faltarme del pudor, de la locura.
El espacio que todo tiempo ablanda.

De tu ausencia, la furia.
La sutileza que acaricia los párpados
del fuego forestal de tu vagina.
La sumaria exactitud en cada mueble
que consagra tu presencia.

De tu ausencia, tus piernas.
Tu olorosa bisagra marina.
El contorno palpitante de la piel:
piélago donde se nutre mi deseo;
donde me rozo en todo lo cetáceo.

De tu ausencia, mi lágrima.
Frío caudal, glaciar por derretir,
desprendimiento de retina
por tanto verme en tus ojos,
lo que de ti me hace pupila.

De tu ausencia, el saber
de la cabra. Confiar en tu mirada,
rumiando cada imagen.
Fotografía de la antigüedad.
Cuando eres Oriente, enmudezco.

INITIMISTAD

La cínica frase, socorro y parapeto de quien no quiere, no sabe o no puede decir la verdad es: "Yo te quiero mucho, pero es que me gustas como amigo/a y no quiero que el sexo rompa esta relación tan bonita de amistad que tenemos..."

Analicemos:

Se supone que la amistad básica entre dos personas pasa por el afecto mutuo, al haberse establecido la aceptación de un vínculo en el que la jerarquía —y por tanto, la noción de poder— está absolutamente fuera de todo lugar y de todo tiempo. Es decir, la amistad nace de la vocación de un conocimiento a través de un reconocimiento de la otra persona y sus particularidades que interviene en esa relación. Es decir, y en esto —a pesar de probables desacuerdos— suscribo las palabras de Ernesto Sábato: "la amistad opera entre iguales".

Reconocer a otra persona como igual es, al mismo tiempo, reconocerse en la otra persona como parte de un contexto existencial en el que, sin demandas mediante, esas dos personas —estado básico en el que la amistad o cualquier relación humana se establece— deciden que sus tiempos y sus vivencias son correlativas, entendiendo que cada tiempo y vivencia son absolutamente privados, pero no por ello, intransferibles, incluso en los distintos espacios y tiempos en que dicha relación se se desarrolla. Es ahí donde radica la diferencia fundamental de cualquier relación entre personas; ese es, precisamente, el pacto primordial que se genera entre quienes se reconocen como iguales en el momento de realidad que comparten mutuamente.

Por tanto, si la amistad opera entre seres humanos "iguales" —por "igual" habría de entenderse "común posibilidad", sin incurrir en ese cansino y retórico juego de la simpleza que lo equipara a la "simultaneidad compartida", gran falacia y abyecta mentira sobre la que se sustenta, de manera alarmante, el edificio de las relaciones humanas genéricas que hoy identificamos como "auténticas"— el acceso mutuo, en lo emocional y en lo físico, debería contemplarse del mismo modo como una posibilidad común, esto es, como algo que ocurre y sucede de un modo más o menos frecuente, cotidiano y alejado de cualquier escándalo; una "consecuencia natural".

De hecho, hay amistades que se inclinan más hacia un lado o hacia el otro, más hacia lo emocional o más hacia lo físico. Las relaciones de amistad más tendentes a lo "emocional" se constituyen en un entorno confesional donde la sinceridad (a menudo confundida con la insolencia) es el único vehículo autorizado para transportarnos a la tan ansiada "complicidad", si bien el aspecto físico opera como refuerzo más bien secundario que con frecuencia desemboca en un perentorio y constante ejercicio de contrición por parte de uno de los miembros que intervienen en esa relación. Por otro lado, existen las relaciones de amistad que se inclinan más hacia lo físico —podríamos decir "carnal"—, en las que lo emocional pasa a tener un valor más coyuntural actuando como bisagra, permitiendo una apertura hacia lo sensorial desde la confianza —o confidencia— desde la "emotividad", que conduce al afecto y también a la afectación.

Sin embargo, hay en la amistad un territorio tabú que va más allá de lo privado: lo íntimo. La amistad "íntima" parece un privilegio labrado con los años, un petulante elitismo, si por "íntimo" en ese plano quería decirse "estrecho", más que otra cosa.

La "intimidad" en el desarrollo de una relación amistosa sincera y verdadera, en cambio, va más allá del territorio tabú; es más, desactiva el tabú. Una amistad "íntima" sienta sus bases en un equilibrio más o menos conseguido entre el aspecto emocional y el físico. Es decir, la verdadera amistad "íntima" es la única posibilidad real de amistad básica —auténtica— entre dos personas.

De este modo, las relaciones sexuales en el marco de una amistad —odiosos los neologismos: "amigos con derecho a roce", "follamigos", "relación abierta" (¿qué relación no lo es en sí misma?)— no debieran presuponer un error de correlación entre amigos "íntimos" en un momento determinado, con lo que el problema no radica en la relación sexual que se pueda dar en la amistad, sino en lo que esas personas llaman "amistad" para referirse a la relación personal que tienen entre sí.

Así, eso de que "el sexo puede romper una bonita amistad" parte de una mala gestión de los conceptos aplicados a las relaciones, y por tanto, de una visión desenfocada de su autenticidad.

Mejor llamarlo "desconfianza", lo opuesto a todo lo que se pueda llamar "amistad".

Agosto, 2014

sábado, 22 de julio de 2017

LAS DAMAS NO LLORAN

a Carlos Pulido
De las damas se puede hablar
cuando se puede hablar de ángeles, dolores,
remedios, angustias;
de luz, alba, rocío, montaña, valle, vega,
de gloria, de fe, milagros,
de caridad, camino, esperanza, paz;
de estela, de mar, de sol, de nieves,
de luna, estrella, aurora,
de paloma, blanca, dulce, amada;
de margarita, de rosa, de azucena,
de begoña, hortensia, dalia, o de azahar:
de flor, blanca, violeta: pura.
De encarnación, olvido y resurrección,
de soledad, de alma; de consuelo.
De iris, de ámbar, de jade,
de cristal, de ágata, esmeralda.
De ella, mía; socorro y cara;
de linda, bella.
De Asia, África, América o Australia;
De Arabia, Armenia...
De tecla o rebeca.
Así de clara.
De victoria.

De las damas se puede hablar

siempre.

Se debe.

Las damas
no lloran.

jueves, 13 de julio de 2017

EL HOMBRE DE LA FLAUTA

En el Museo de Arte Contemporáneo una pareja visita las diferentes estancias. La instalación consiste en una serie de habitaciones, recreando un hogar, en el que se exponen diferentes soluciones habitacionales. Según las indicaciones, los visitantes pueden pasar una hora en cada una de las habitaciones, por turnos, como si fueran los habitantes de ese hogar ficticio, completando la secuencia, a modo de "tour". Al llegar al dormitorio, la pareja se recrea en la intimidad de la estancia: se acuestan en la cama y, de repente, excitados, comienzan a desnudarse mutuamente. Mantienen una relación sexual completa durante unos veinte minutos. Luego, a modo de juego, aún desnudos, fingen en voz alta el acto sexual. La encargada de la exposición, alertada por un visitante de aspecto extranjero con un perro grande debido a la tardanza de la pareja y de los sonidos que provienen del dormitorio, decide entrar en la estancia, sorprendiendo a la pareja, que se está vistiendo, mientras ambos fingen orgasmos. Incómoda, reprende a la pareja y pide disculpas al visitante de aspecto extranjero con el perro, el cual reconoce al joven a quien saluda de modo jovial. La pareja, entre risitas cómplices sale de la estancia, despidiéndose del visitante de aspecto extranjero con el perro, ante la mirada atónita de la encargada de la exposición.

Un hombre negro está en los lavabos del Museo. Confuso, trata de averiguar cómo demonios accionar el lavabo para lavarse las manos. Hay otro hombre en los lavabos que porta una mochila a su espalda, de la que sobresale lo que parece ser la embocadura de una flauta. El hombre de la flauta se acerca al hombre negro y le muestra cómo accionar la palanca que abre el grifo del lavabo. El hombre negro, tras lavarse las manos, toma las del hombre de la flauta y se lo agradece. El hombre de la flauta le devuelve la muestra de agradecimiento y le llama Joshua. El hombre negro le dice que se llama Jousie, no Joshua. El hombre de la flauta le dice a Jousie que un año antes había visitado el Museo y que se encontró a un hombre negro que se llamaba Joshua, que guardaba un parecido notable con él. En aquella ocasión, fue Joshua quien mostró al hombre de la flauta cómo accionar el mando del grifo para lavarse las manos. Jousie le dice al hombre de la flauta que Joshua era su hermano, que trabajaba en ese Museo.

El hombre de la flauta desciende por la avenida, bastante concurrida de tráfico. Hay prostitutas muy bien arregladas, con buen aspecto, que se le acercan para ofrecerle servicios sexuales, los cuales rechaza cortésmente. De repente, se da cuenta de que se ha dejado la mochila con la flauta en el taxi que le dejó en la avenida. Errático y triste deambula durante unas horas por la ciudad, de aspecto moderno; le recuerda a una ciudad coreana. Abatido, llega hasta una pequeña plaza con una terraza de mesas en un costado. Observa a una pareja en una mesa. Hay una flauta sobre ella. Se diría que es la suya. Se acerca, y con cierto reparo les pregunta dónde encontraron esa flauta. Ellos le dicen que en un taxi. También le dicen que se parece mucho a la flauta de una hija que tuvieron, fallecida muy joven. Él les explica que esa flauta es suya y que no puede ser de su hija; que la ha buscado durante mucho tiempo, recorriendo muchos lugares y viviendo muchas vicisitudes en su camino por encontrarla.

Se levanta un viento repentino bastante fuerte en la plaza.

Un anillo blanco de plástico viene a parar a la mesa de la pareja. La pareja, conmovida por la historia del hombre, acepta devolver la flauta al hombre. Una niña pequeña se acerca a la mesa, llorando desconsolada, preguntando por un anillo blanco que ha perdido. El hombre de la flauta recoge el anillo de la mesa y se lo entrega a la niña, abrazándola y consolándola. La niña tiene aspecto desaliñado, como si viviera en la calle.

El hombre de la flauta dice estas palabras:

"Ahora el hombre tiene su flauta; la niña tiene su anillo; el hombre y la mujer, la niña. El hombre de la flauta, por fin puede marcharse." Con lágrimas en los ojos añade: "Por favor, cuidadla". Y se marcha.

Así termina este sueño.

martes, 11 de julio de 2017

MICROPOEMA CON DEDICATORIA

Vapor, ustedes.

CITA

Abro comillas
para decir desde otra voz
lo que mi voz desea,

para contar hasta tres
y figurarme un ultimátum,
una fuga, un salto, un credo.


Abro comillas
para no cerrar memoria
ni convocar al temible olvido;

para honrar lo que es parte
indivisible del fuego,
del alma, del sueño.

Abro comillas
para disfrazarme a solas
de dinosaurio extinto;

para gozar a gusto
y en privado de la belleza:
única razón que me palpita.

Abro comillas
para decir desde otro ser
lo que mi ser quisiera,

para buscar a tientas
comida, cobijo, amor,
lentitud, infamia.

Para quedarme
mudo ante el abismo,
mejor cierro comillas.

domingo, 9 de julio de 2017

HUMEDAD

Bajas por la vereda hasta mi boca,
ahí tus labios descansan.
Dejan musgo, líquenes adheridos
al húmedo brotar de mis encías.
Dejan abismo, también.
Cosas que no deben contarse aquí.


Hay esta voluntad de bosques
naciendo del torrente silencioso
de mis dedos; mi voz callando al tiempo
que arrastro la hojarasca y descubro
el secreto que revela un resto viejo de caricia,
áspera, perdida entre la niebla.

Desciendes más aún, hacia donde el placer
estalla y se constela en estrías de pino,
musitando formas impronunciables de loto,
sutiles tecnologías del hábito de amarse,
con todo en la nada sombría tan iluminada;
queja de niñez que desata nudos de tus pasos.

Bajas por la vereda hasta mi boca,
me encuentras santificado, delirante,
asceta y nómada. Como quien ignora
cualquier mapa de tu cuerpo,
esperando calma, sueño. Ebriedad
en la zona dulce de todo lo que me abraza.

¿Cuánta es la extensión de tu lengua?
¿Cuánta la potestad de la galaxia,
la aurora que lanza rayos a tus ojos,
la autoridad del caos para disparar
dardos envenenados al ocaso?
¿Cuánta la verdad burlada?

Serpiente, escarabajo, alimaña,
gnomo, duende, ninfa, hada,
insecto crepitando, rocío luminoso,
legaña tierna, hueso ardiente de ternura,
todo lo tuétano que saborea mi lengua
cuando bajas por la vereda hasta mi boca.

ÚLTIMA ESTACIÓN

Por no llevar billete, el revisor le ordenó cortésmente que se bajara en la siguiente estación. Sin rechistar, agarró sus bártulos y descendió del tren en aquella estación en la que no había nadie esperando por nadie, ni siquiera por un tren. Solo en el andén, se figuró que aquella estación podría no estar en ningún mapa de la red ferroviaria; que podría ser una estación de tercera, de esas que jalonan los trayectos para viajeros que, sorprendidos sin billete, deben apearse en algún lugar. Llegó a inquietarle pensar en la frecuencia con que otros trenes se detendrían por allí o qué tipo de viajeros pudieran bajarse. La estación estaba cuidada, aunque no parecía haber mucha actividad. Entró en el precioso y amplio edificio metálico, donde una música sutil proveniente de un lugar incierto logró apaciguar sus preocupaciones. De una pequeña oficina situada al otro lado del pabellón, se escuchaba teclear a máquina. Se aproximó y pudo distinguir a un hombre de uniforme, ya mayor, sentado ante una vieja máquina de escribir. Parecía no estar escribiendo nada especialmente, sino que se limitaba a aporrear las teclas sin ton ni son, a modo de entretenimiento. Hacía una temperatura muy agradable en el interior de la estación, y la música incierta, como de violín apagado, contribuía a la agradable atmósfera. De repente, el oficial de la estación dejó de teclear, mirando fijamente al viajero que acababa de llegar.
 
—¿Qué estación es esta, señor?—, le preguntó al oficial, que aún seguía con la mirada fija en él.
—Ninguna en especial, caballero. Esta estación no existe.

El oficial regresó a su informe inexistente, mientras la música de violín se iba apagando cada vez más por debajo del martilleo de la máquina de escribir. El viajero, se sentó en un banco cercano y sacó una manzana del bolso. De repente le había entrado hambre.

martes, 4 de julio de 2017

VIEJITO

a mis nietos

No soy viejo.
Sólo he recorrido más distancia.
Eso erosiona mi cuerpo,
desgasta mi vista,
me cansa el corazón.


Olvido las cosas
porque mis recuerdos
también vienen de lejos,
y necesitan descansar;
la memoria es una mala costumbre

que me acompaña.
Sin embargo, mis hábitos
son los de siempre:
beber, fumar, reír, amar,
ir corriendo a todas partes.

No soy viejo.
Las arrugas son surcos
que dejan las caricias
del aire que frecuento
cuando salgo a la vida.

Mis dientes ya comieron
demasiado. O bien poco.
Por eso se me caen,
se van de vacaciones.
Añoran el sabor del polvo.

Mis huesos avisan
a la muerte de que voy.
En realidad la muerte
no quiere que yo vaya.
No le gusta el ruido que hago.

No la deja dormir.
Por eso, enojada,
a veces se nos lleva
a un sitio donde no hagamos
ese ruido.

Nos encierra en el pasado.
Nos detiene.
A los viejos la muerte
los quiere lejos.
Por eso les regala la eternidad;

para entretenerlos.
Para que ustedes
los encuentren,
tranquilos, callados.
Como los viejos.

No soy viejo.
Sólo he recorrido más distancia;
sólo estoy más cerca,
peligrosamente,
del confín del tiempo.

lunes, 19 de junio de 2017

CORRÍJANME


Corríjanme si me equivoco,
pero el aire aún desata mi peinado;
un peinado de nadie, anodino,
no curado por las bellas intenciones
de un padre que me cuida la cabeza,
un peinado mesado en la ternura
embelesada de una madre tan rotunda
como para dormirme en la forma más sencilla.
Para que duerma bien y lindo,
de ese dormir de niño rabioso,
rubio, bizco: soñador de antílopes,
de tortugas.


Corríjanme si me equivoco,
pero es que al caníbal que me habita
no le priva la carnaza, tan sólo el alma
de las cosas hechas con descuido.
Me da hambre conocer cada día
la posibilidad de que todo sea hacia afuera,
un programa espacial fallido, una visita
a otros planetas con ropa inadecuada.
Un volverse mosca entre las tardes calurosas,
una furibunda reacción del silencio en llama.
Digno de ver en cualquier sutileza,
asco que todo ser conjuga,
que todo estar dispara.

Corríjanme si me equivoco,
por favor, pues nada hay
en mí que sea riguroso,
certero, cabal; tan sólo lo leve,
lo que nace constante en un nido,
un cobijo extraño, ligero como una sombra.
Un hermano con el que salgo a pasearme
el tiempo que nos une, el espacio que nos marca
la distancia precisa del encanto. Un diez
en el examen de conciencia.
La fruta que se me olvida por comer
en ocasiones.

Corrígeme si me equivoco, amor.
Busca conmigo la manera de estar,
de ser y parecer, en todo lo que copula,
en todo lo que brota amargamente sin saber
lo que nos hace hacer este amor, lo que me otorga
serte dardo. Límpiame esta sal que lija
la madera de mis estantes, el descanso
de mis libros. La soledad inquieta
desde donde me nombro a menudo
sin saber qué cosa es exactamente,
sin querer qué es lo que me quiere.
Todo este entonces.

Rígeme, ¡oh diosa de la espera!
Lánzame al espacio sin noción
de tiempo. Cancela mi deber de vuelo,
saca de mi alma la aurora en niebla,
el frío cuando disto tanto de conocer
el musgo retardado inmerso en la caricia.
Pírrica mi batalla sobre el mantel solo
de la mesa sola, de mi estancia breve
sobre el territorio virgen de la lluvia,
sobre el calor húmedo que nos escancia.
Palpitación constante del caos
criándonos entre dedos luminosos.

Corríjanme si me equivoco.
Convóquenme si no me rijo.
Sólo así haré del mar un clavicémbalo,
un tupido velo para gaviotas sueltas,
sin destino. Déjenme cazar musarañas.
Castigarme sin salir, en mi cuarto, con mis libros.
Con mi perenne vicio de bosques,
de anhelos no resueltos.
Con mi particular homenaje de duendes.
Grutas donde escribirles toda nube.
Todo albergue de lágrima imprecisa.

Corríjanme si me equivoco.
Sólo así les seré alguien,
contrario a lo que piensan,
esquivo a lo loco. Cojo.
Esquívenme a lo que giro.
A lo que toco.

viernes, 2 de junio de 2017

EL GENDARME Y LA COMPRA

El gendarme, con sus bolsas de la compra subiendo la escalera hasta su apartamento. El gendarme, con la compra mal distribuida en las bolsas, la una más pesada que la otra, sube penosamente los escalones hasta el quinto piso de su edificio sin ascensor. Descansa en los rellanos, pero no puede dejar las bolsas en el suelo porque al estar mal distribuida la compra puede peligrar el contenido si vuelve a hacer el esfuerzo para sostenerlas nuevamente; pueden romperse y desparramar el contenido por todo el rellano en que se haya parado, las latas puede que rueden escaleras abajo, las botellas de vino puede que se rompan al desfondarse las bolsas por el peso, la fruta dentro de las bolsas de fruta no amortiguan nada. Maldice al cajero del supermercado que le distribuyó tan pésimamente la compra en las dos bolsas, por las prisas, por la cola, porque cuando uno compra tiene que meter rápido las cosas que compra en las bolsas, sin orden, sin lógica porque si se tarda lo suficiente, el resto de la cola que espera mira mal, airada, aspaventosa, protestando por la torpeza de uno que no sabe distribuir la compra dentro de las bolsas, aún menos el cajero, que no está para eso en la hora punta sino para cobrar y listo. El gendarme sube con las bolsas de la compra que poco a poco van cediendo, una por el peso, otra porque va rozando con las paredes, ya que la escalera es estrecha. Está ansioso por llegar. El gendarme sabe que en breve será el desastre, como hace tres días, cuando toda la compra se fue escalera abajo por culpa de las bolsas, las prisas y sus ganas de llegar al apartamento. Cinco pisos, sin ascensor, suponen para el gendarme, viejo ya, un suplicio para bajar a por la compra y pensar que luego tiene que subir, de nuevo, con esa carga, con el temor de que se le rompan las bolsas porque olvidó una vez más coger las bolsas grandes, resistentes, porque salió con prisas a comprar y se dio cuenta de que en su nevera y despensa poco quedaba después de llegar de viaje. El gendarme suda, le sudan los dedos, palpitantes por la presión del plástico de las asas en los dedos que le hormiguean como adormeciéndose. Un rellano le falta y no llega a tiempo. Las bolsas, otra vez, se rompen y la compra entera rueda por los escalones yendo a parar al rellano, rompiéndose algunos tarros, la fruta por el hueco de la escalera, deshaciéndose a medida que cae e impacta con los pasamanos de acero inoxidable, las botellas de vino se rompen y riegan toda la escalera, dejando ese olor delator de alcohol, los huevos no se salvan tampoco. El gendarme se sienta en el escalón antes del rellano de su piso, y comienza a sollozar, luego gime impotente, y finalmente rompe a llorar desconsoladamente, como un niño al que se le olvidaran los deberes en casa, como si no hubiera tenido tiempo para estudiar para aquel examen. El gendarme llora, el eco de su llanto alerta a la vecina que, otra vez, abre la puerta y le ve ahí, sentado, empapado de vino, llorando. Ella baja un par de escalones desde el rellano del quinto hasta donde el gendarme está sentado y le abraza, le abraza como al niño que nunca tuvo, le abraza y ambos lloran, lloran porque de lo poco que se ha salvado de las bolsas nada les sirve para mañana. Es tarde, todo está cerrado ya. El gendarme se calma y la vecina le invita amablemente a su apartamento, no sin antes recoger el estropicio de la escalera. Aún con lágrimas en los ojos, la vecina del gendarme friega la escalera, barre los cristales, recupera unos tomates, magullados ya. La vecina ama al gendarme. Por eso le prepara una sopa y le abraza en la silla de la cocina. Ambos a solas, comiendo sopa, en silencio. El gendarme tiene sueño y vuelve a su apartamento, sin la compra, con lágrimas secas en los bolsillos. La vecina vuelve a cerrar la puerta cuando el gendarme entra en su casa. De madrugada, la vecina del gendarme se despierta, sobresaltada. Ha escuchado un disparo en el apartamento del gendarme. Grita. Sale y golpea la puerta del gendarme, que no responde. No responde. No responde. Se desploma llorando en el rellano, donde aún huele a vino y lejía. Son las cuatro de la mañana.

martes, 30 de mayo de 2017

BOLECO

Como si arrancara de pronto
la tierra a través de su garganta.

Como si le nacieran del fuego
cosas extrañas del vientre.

Como si el tiempo, en suspenso,
desde la jonda raíz del corazón

subiera hasta el silencio
como si la voz curase

el cuero del alma.

Como si el niño surgiera
del calor hacia lo hombre,

desde la naturaleza ancestral
de las cigarras.

Como si el canto hubiera inventado
a solas la marca de donde la herida

parte el pecho de un potro,
como fiereza de geranio.

Como si hubiera mañana
que se quedó temblando.

(Puebla de Cazalla, 27 de mayo de 2017)

lunes, 15 de mayo de 2017

LO DE EUROVISIÓN 2017, KIEV (UCRANIA), 13 DE MAYO DE 2017

Ganó Portugal. Sí, Portugal, ese país en el que cada vez que se piensa afloran los mayores y, por ello, peores tópicos de esta Europa devastada.

En 1964 (Copenhague), el año de su debut —en el que Gigliola Cinquetti triunfó proclamando su beatitud con aquel célebre Non ho l'età (No tengo edad) https://www.youtube.com/watch?v=Utd9cHBPfRA—, pidiendo perdón en pleno fervor salazarista, el tema portugués terminó en una desalentadora última posición, sin haber recibido ni un punto de sus adversarios (Oração  "Oración" de José Calvário https://www.youtube.com/watch?v=avK0zW4LRwg). Sin embargo, en esta edición, después de 47 participaciones de sonrojantes descalabros y escasos notables hitos, arrasó con la mayor puntuación obtenida por ningún país en toda la historia de este legendario evento, la nada despreciable suma de 758 votos, a decir del resultado del televoto (376) y de los jurados de 41 países (382) —salvo el jurado portugués— de los 42 que concurrieron en las dos semifinales previas.

Salvador Sobral, el joven artífice de esta proeza, presentó un bellísimo tema en portugués titulado Amar pelos dois (Amar para los dos), delicadísima balada, excelentemente interpretada y derrochando eso que nuestros hermanos lusitanos tienen de sobra y que marca en gran medida su personalidad: la sobriedad. Podría dedicarme al fácil guiño de comparar o relacionar el nombre del intérprete (Salvador) con el resultado de su participación, y también su apellido como curioso eco de su hazaña o de la elegantísima ejecución y puesta en escena del tema ganador (Sobral); pero dado que resultaría facilón y oportunista, prefiero quedarme con el buen gusto en la boca del alma por tan merecido triunfo, por fin, respondiendo a todos los pronósticos que en los meses previos a la celebración ya le daban por triunfador. Así fue, por una vez en la historia, que la justicia se mostró unánime, dotando al Festival de un, espero, nuevo giro en su concepto e intenciones (iluso de mí, valga el juego verbal). La inteligencia de presentar Amar pelos dois en solitario en el escenario central, es decir, arropado por la ingente audiencia del Centro Internacional de Exposiciones de Kiev (cerca de 11.000 espectadores) que allí se congregó para la Gran Final, contribuyó, en mi opinión, a generar una original atmósfera de sobria complicidad. Pues a menudo basta con pensar las cosas con sencillez, para obtener claridad y éxito en los resultados. Más allá, pensando en otras cosas, convendría recordar que la izquierda (la de verdad) gobierna en Portugal, y muchos recalcitrantes entre el españolado juzgarán el aspecto del joven Salvador como apodemizado en aras de insulso chascarrillo.

No deja de ser curioso, no obstante, que las expectativas que se depositaron en nuestro joven intérprete Manel Navarro, con Do it f or your lover (Hazlo por tu amante) https://www.youtube.com/watch?v=qAOXHdLdlqQ, manida fórmula reggae-surfera de corte levantinesco, insustancial y cansina, cayeran en barrena hacia el final de la tabla, quedando en un merecídisimo último puesto. Como tampoco deja de ser curioso que, para los restos, el "gallo" (por otra parte símbolo nacional portugués) será lo que más notoriamente se oirá y recordará de nuestro juvenil, rubio y tópico representante. Otro dato curioso es la cuestión de haber quedado por debajo de Alemania, compartiendo rosco, durante toda la votación del jurado, siendo repescadas ambas por el televoto. Claro, en este país gobierna —malgobierna— la derecha y en Alemania, una señora con mano firme hace cosas raras y veranea en La Gomera, y así se ha reflejado en el eurovoto: 5 puntos para España, 6 para Alemania, es decir, más da una piedra. Diría Rajoy: "Mirusté", depende desde donde se mire, somos los primeros del final de la tabla.

Italia, con una pegadiza y discotequera Occidentalis Karma —budismo para Dummies— (https://www.youtube.com/watch?v=KieE_MLv-ZY, también prometía, pero como suele pasar con este país en muchas ocasiones se desinfló en directo, sabiéndose, por propio derecho y carácter, arrasadora. La proverbial y aspaventosa petulancia itálica al final se descolgó en una discreta 6ª posición (ni chicha ni limoná, al fin y al cabo), para el triunfador de la última edición del Festival de San Remo (trampolín para el Eurofestival), Francesco Gabbani.

En definitiva, podrían habernos ahorrado veintitantas —veintimuchas— canciones y haber dejado sólo cuatro o cinco, que hubiera sido lo mismo.

Sólo me queda felicitar de corazón a Salvador Sobral (quien, por cierto, lo tiene débil, pero bien grande) y a su hermana (autora del tema y acompañante en el reprise obligado por el triunfo) y celebrar la buena lección de firme humildad de nuestros coterráneos. Espero, por ello, que el año próximo pueda escribirles esta crónica desde la capital portuguesa. Firmes intenciones no me faltan.

Parabéns Salvador! Parabéns Portugal!

https://www.youtube.com/watch?v=Qotooj7ODCM

martes, 11 de abril de 2017

MELANCOLÍA

De una conversación limítrofe con mi querido Benito.

Habría que melancotraficar.

Volverse un sibarita con la melancolía.

La melancolía no es moco ni pavo.

Es una poderosa y dura droga que exige excelencia en el suave presentir el sufrimiento.
Una tristeza crónica.
Un imán hacia lo gris.

Hacia lo que no se sabe si impacta. Una desidia apacible.
Una astenia de tantas.

Una enfermedad.

lunes, 10 de abril de 2017

MORENTE

Se fue el duende con tu ángel
y tú, tras ellos;
distraído en otra copla heterodoxa,
dañado en la sal y en la arena
por puñales sordos de noble
hoja bien forjada.

Se te apareció la sombra,
Enrique,
y ya sabías
que nadie estaría a salvo;

que de manera sucesiva
se irían veteando las miradas
poniéndose así de tristes;

que en Granada,
que en Manhattan,
que en Berlín,
le saldrían crespones a los árboles;

que el frío igual nos empujaba más
bajo el unísono y jondo silencio
que este día ondea en tu ausencia.

Tal vez se detuvieron de pronto las guitarras
cuando te partían la camisa
para salvarte el corazón.

Sé que merodeaste por negros olivares
persiguiendo a la luna,
blanca como una yegua,
y a sus lomos montaste diciendo:

Ya volveré más tarde.

Pero te enredaste en otras cosas.
Te fuiste por las ramas,
y vete tú a saber
dónde apareciste.

Si quieres
te dejo encendida
la luz del pasillo,

por si de repente a medianoche
algo te inquietara.

¡VIVA FRANCO!

Franco Battiato es uno de los seres humanos que, a través de su particular y originalísimo modo de ver en el aire lo sonido que somos, permea en toda la porosidad del repelús mínimamente exigido para ser uno presa irremediable de la delicadeza, del hacerse envejecer sin costuras, del sabio relumbrar de los cirios en la estante penumbra, el recogimiento de la universal fiesta de lo diverso, del profundo amor por la galaxia. Battiato es la fuga díscola, velocísima de un tópico a otro, cambiando la marcha a cada silbo del desorden, el príncipe del bellísimo tuétano del caos, del centro permanente de la gravedad de las vísceras, en torno a las que su música —el arte de hacer moverse a las musas—, gravita sobre las corrientes que desde el firmamento nos refugian de nuevo bajo el mundanal terramen de la sincera, alegre y espontánea, por imprevisible, sustancia de la belleza.
Alguien que canta tan tiernamente al abismo, al rostro feo de lo que nos queda, no puede ser mala persona.

Este señor es un proscrito; un proscrito de la especie mundana.

Este señor es lo mínimo a lo que no se debería aspirar.


Por eso, le amo.

jueves, 30 de marzo de 2017

MOLIBDENO GARCÍA

Molibdeno García encontró en su buzón un aviso de llegada de Correos. Inusual, por otra parte, puesto que no recordaba haber hecho ningún pedido. Le pedían un contrarrembolso de 29,86 €. Esa mañana, después de un pequeño altercado con el casero, el cual le espetó su falta de educación al no saludarle en el ascensor, con el aviso en la mano, se dirigió, diligente como siempre en todos los aspectos de su vida —el día de su Comunión corrigió al joven sacerdote que oficiaba la misa al saltarse un par de versículos del misal, lo que provocó cierto escándalo en la parroquia, porque, ya que iba a comulgar, lo suyo era que comulgara como Dios manda, y no como el joven sacerdote intuyera— hacia la oficina postal con cierto aspecto desenfadado. Al llegar, hubo de pulsar un botón para RECOGIDA; el 46 le tocó, después de una anciana que avasalló a preguntas absurdas a la funcionaria que debía atender a Molibdeno, anciana a la que, con su papelito del turno, ya arrugado por la incipiente ansiedad que su pesadez, la de la anciana, le ocasionaba, interpeló sonoramente con un desagradable improperio. Llamado al orden por el oficial de seguridad, Molibdeno García se achantó, achacando su grosería al mal dormir de la noche anterior y al repentino desconcierto de tener que desembolsar la cantidad de 29,86 € sin saber de qué se trataba. Pero, diligente, como es natural en su carácter, y no la grosería, de la cual se arrepintió pidiendo públicas disculpas a los allí presentes —no al casero, al que detestaba—, al iluminarse su turno, se abalanzó sobre el mostrador, visiblemente ansioso. La funcionaria de correos le pidió el aviso correspondiente y desapareció tras la puerta del almacén, ese lugar misterioso a donde llegan todas las cosas que nos llegan y que no sabremos cómo se organiza, misterios de la administración. Pocos segundos después, horas para Molibdeno, pues no estaba acostumbrado a esperar, apareció de nuevo la funcionaria con un voluminoso paquete triangular lleno de letras chinas. Desconcertado, Molibdeno García, dijo a la funcionaria que aquello debía tratarse de un error, que él no había realizado ningún pedido a ningún sitio, a lo que la funcionaria respondió con un displicente mohín de funcionaria por encima de sus horteras gafas de pasta de color crema jaspeada. Entregado el paquete, Molibdeno pidió un "cutter" para poder comprobar el misterioso contenido del mismo. Alarma. El oficial de seguridad se aproximó, y con actitud intimidatoria conminó a Molibdeno a dejar lentamente el paquete en el suelo con las manos donde él, el oficial de seguridad, las viera. Así las cosas, obediente, depositó el paquete en el suelo. Tic tac tic tac, se oía desde el interior del paquete. Alarma. La oficina fue desalojada y Molibdeno, neutralizado por el oficial de seguridad, con una llave de Krav Maga —arte marcial israelí—, fue finalmente reducido. Aislado el perímetro de seguridad, comprobadas las salidas y que el desalojo de la oficina fuera completo y satisfactorio, la funcionaria, cutter en mano, abrió el paquete triangular. En su interior se encontraba un salterio. Entonces Molibdeno recordó. Recordó que, años antes, una novia suya, con la cual ya no tenía relación, le prometió un regalo de aniversario. Un salterio. Con sus baquetas y todo, sueltas en el paquete, origen de aquel tic tac tic tac; un salterio de madera de cedro, proveniente de China. Capricho de una noche loca en que ambos, viendo un documental, acurrucados en el sofá de su antiguo piso, un documental sobre música oriental, persa, concretamente, suscitó en Molibdeno el impulso de pedirle a su novia un regalo como ése, como prueba de amor, lo cual ella cumplió, también diligente. Con amargura, Molibdeno García recordó el documental, el salterio, a su novia, y maldijo su estampa —no la de su novia de aquel entonces— por aquel inusitado episodio que esa mañana, por diligente, no pudo evitar sufrir. Lo peor iba a ser el bochornoso momento de darse cuenta de que no traía el dinero justo para pagar el envío. Qué vergüenza.

TRINCHERA

Te escribo desde tu trinchera.

Encontré tus cosas: la taza de metal,
la del asa roja. Un par de documentos
con coordenadas a lápiz, arrugados
bajo una piedra ennegrecida por el fuego.


No eran tiempos de alzar la cabeza.
Tampoco de agacharla. Lo prudente
era escuchar. Leer en el aire el olor de la pólvora,
la caligrafía de la sangre reseca, tan cerca.
Los jirones pardos entre las alambradas;
una bota aquí, con el barro viejo, cuarteado
en la suela. Un casco con un orificio fatal.
Sobre todo el silencio. El festín devastador
del silencio sobre el camposanto de la guerra.
El innombrable hallazgo de una fotografía
con los bordes quemados, casi hasta los ojos
del retrato de una mujer pálida, pero sonriente.
Un nombre en su reverso, incompleto.

Tal vez fue ése el momento en que tu recuerdo
convirtió la nostalgia en un témpano.
Tal vez fui a buscarte en ese instante sordo.
Cuando el amanecer ahora me queda frío.

Imagino el poder que aquel cigarrillo húmedo
provocó el coraje que te aferró al fusil.
Al grito último. Al viaje eterno, irreversible.
De donde nunca se sabe volver.

Te escribo desde tu trinchera.

Ese cobijo zanjado para ocultarte
del odio y también del miedo.
Para protegerte de la enorme duda.
¿Qué hacías ahí?

Sin duda, lo último que hacías era
escribir un nombre, incompleto,
en el reverso de una fotografía, lejana ya:

la única imagen que tuviste de la muerte
fue la vida.

viernes, 24 de marzo de 2017

ESPEJO

Es mirarme y decirme:
¿quién eres hoy?
Nunca pregunto quién el más hermoso del reino.

¿Quién ese señor que me interroga?
¿Por qué esas ojeras de lirón insomne?
¿A quién se parece mi reflejo?

Nunca pregunto quién el más hermoso del reino.
Tal vez me pierdo el piropo más sublime,
tal vez el perdón, la duda, la extrañeza.

La coquetería no es mi fuerte, ni mi débil
reclamo. Reclamo sólo mi aspecto.
Única manera de sentirme ahí. Así.

De pie sobre la sombra. En constante desafío.
Debería afeitarme. Cortarme los bigotes de la nariz.
Me resulta imposible no husmear. A lo felino.

Es mirarme y decirme:
Javier. Mi nombre. Mi semblante.
Qué mala cara. Qué triste figura.

Nunca quién el más hermoso del reino.
¿Bufón? ¿Poeta, acaso, —diosanto—, ¿Quijotito?
Vete a dormir. Mañana todo es no sé.

Es mirarme y decirme.

domingo, 19 de marzo de 2017

ORVALHO

Si no la hierba, desígname la nueva hora
de sangrarme: el pesado sustento
que hace raíz en todo lo hueso,
extendiéndosenos júbilo sobre la llama;
arena negra sobre esta bestia adormecida
que es mirarte las manos desde el principio
hacia un labio derritiéndose en las flores.


Cuánto dejas ardiendo en lo que luego nombro.

viernes, 17 de marzo de 2017

EL SICARIO Y SUS ORQUÍDEAS

Al sicario le apasionan las orquídeas. Acaba de entrar por la puerta de su apartamento en el DF después de haber asesinado hace escasas tres horas, frente a un escaparate de una tienda de electrodomésticos, al empresario Manuel Jesús Torroba Velasco, especulador inmobiliario y pastor de la iglesia evangelista de su barrio por retrasarse al pagar la coima que le exigía el cártel al cual vendió la protección de su vida. Así son las cosas. El sicario deposita sobre la cama el pequeño bolso de mano en el cual su pistola, aún caliente, está envuelta en la muda que utilizó la tarde anterior, la del fatídico encuentro. Mañana le ingresarán la suma de 30.000 pesos, según lo acordado, de los cuales invertirá 10.000 en el cargamento de orquídeas que había solicitado unas semanas antes contra reembolso a la floristería y que le llegarán mañana. Mientras abre una cerveza, se recrea en las luces de los autos que serpentean por la avenida. Ha recibido un whatsapp de su hija, la dulce Margarita, que ahora vive con su tía, diciéndole: "te quiero papasito". Cumple sus flamantes 15. El sicario acaricia, nostálgico, la foto de su mujer muerta hace dos años en la confusión de una balacera. Pero mañana le llegan las orquídeas. Y eso es motivo suficiente para pensar en la profunda y delicada condición de las flores. Le pesa el cansancio. En la televisión, la noticia del suceso. Apura el trago. Ya no bebe tequila. Prefiere no beber fuerte. Todo desde que la balacera. Por Margarita, que mañana cumple 15. El tequila le jodió la vida, el amor. Ahora sólo piensa en sus orquídeas. En Margarita. La noche cae sobre la terraza. Hace calor. Mucho. Mueve un par de macetas hacia la esquina, no vaya a ser que se malogren. De todas ellas, la más bella que le llegue, la enviará a su hijita. La pistola aún caliente entre sus mudas. El noticiero anuncia más detalles del suceso, tan de noche. El empresario, el pastor. Un hombre joven. No pagó la coima. Así son las cosas.

lunes, 6 de marzo de 2017

jueves, 2 de marzo de 2017

LA MINUCIOSIDAD DEL COCINERO DE LA PENITENCIARÍA

La minuciosidad con la que el cocinero de la penitenciaría preparaba la comida de los reclusos se vio esa mañana interrumpida por la inesperada visita de su mujer, visiblemente afectada por algún acontecimiento reciente que, dado lo inesperado, insisto, de la visita en esas circunstancias precisas a la cocina de la penitenciaría, provocó gran enojo en su marido, que es en esta historia el cocinero, como hemos dicho ya, de la penitenciaría. Por el momento no sabemos cómo pudo la mujer del cocinero llegar hasta la cocina sin ser detectada por los guardias, que con férrea y canina dedicación custodian y garantizan la máxima seguridad de la prisión. Segundo: ¿por qué el cocinero de la penitenciaría sospechó que algo grave acababa de ocurrir como para que se permitiese la presencia de su mujer en aquella cocina, recinto hostil y tan poco apropiado para una mujer? En un acceso de ira provocado sin duda alguna por la inesperada interrupción que le impidió en aquel justo instante apartar del fuego las croquetas de espinacas que los reclusos almorzarían ese día, el cocinero de la penitenciaria se arañó la cara, gritando como un energúmeno a su mujer, poniéndosele el rostro demasiado rojo y la vena marcándosele, para acabar con tal alarido que hizo necesaria la presencia de un médico, el cual no había. La mujer se desplomó en el pasillo entre la freidora y la mesa auxiliar, frente a su marido, aún vociferante y fuera de sí, y un incipiente olor a espinaca quemada. El cocinero de la penitenciaría sufrió un colapso nervioso viniéndose al suelo, también, junto a su mujer. Nunca sabremos qué le pasaba a la mujer del cocinero de la penitenciaría. Las croquetas de espinacas para los reclusos, obviamente, se quemaron.

viernes, 17 de febrero de 2017

AFLORISMOS VI

El desprecio es el primer síntoma de fealdad interior.

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Contrariamente a lo que se piensa, aún así, se piensa.

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El trabajo dignifica al mapache.

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Los portugueses nos dieron una hermosa lección de interiorismo político: los fusiles también pueden servir como floreros.

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Todo el monte será orégano cuando los olmos den esas ansiadas peras y caigan, al fin, todas las brevas ésas.

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La poesía es un insulto a la pobreza de espíritu.

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Gratitud no implica servidumbre.

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Está el anhelo que corta.

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La nostalgia aparece como embeleso en el recuerdo taciturno de un presente no vivido en plenitud.

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"Te quiero": mentira que se hace verdad mil veces después de decirse.

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Quien ama despreciando, desprecia la virtud de sus hechos, la verdad de la palabra. La belleza de toda alma y cuerpo.

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Todo es reactivo.

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Cómo ha cambiado el mundo: antes se podía dejar el corazón abierto que nadie te lo robaba.

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Las apariencias no engañan; empañan.

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Para poder fluir es preciso mojarse.

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Los gustos cambian según se vayan desalojando de disgustos.

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Muerto el Comandante, se acabó la trova.

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El colmo de un republicano: nacer el día de Reyes.

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La mente es la aduana del deseo.

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Me gustas así como soy.

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El disléxico escribió "secuela" en lugar de "escuela"; por algo sería.

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Sobre todo en la adolescencia, resulta imposible separar el grano de la paja.

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Merodeas. Me rodeas.

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Las circunstancias nunca están a la altura de las circunstancias.

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A menudo, la cobardía nos obliga a hacer lo que más tememos con tal de salvarnos.

martes, 7 de febrero de 2017

MIS DEDOS

Es en mis dedos donde descansa toda posibilidad de caricia.
Donde reside la suavidad, la intensidad y la danza
sobre el teclado de mi voz.

La firmeza de la pluma que caligrafía,
muda, mi mente en el papel.
Mis órdenes, mis deseos.

En mis dedos el frío.
En mis dedos el placer probable,
el roce: el frenesí.

Las manchas de tinta:
negro semen infecundo.
La habilidad del vicio.

Albergue de múltiples aromas:
ajo, mierda, cebolla, coño,
pétalo, polla, labio, tabaco.

En mis dedos donde comienza el aire,
todo primer tacto del día.
Toda torpeza. Arpegio. Espina. Sangre.

La decisión de acercarme,
de alejarme, lo prístino. Lo vulgar.
Lo sutil. Lo desierto.

La convocatoria al puño.
La indestructible hermandad
de las manos. El sonido

de la soledad sobre la mesa.
La percusión del aburrimiento.
De mis dedos las garras,

las uñas sucias, rotas, comidas.
De mis dedos el soporte
del cigarrillo, el chasquido del fuego.

La comezón de la ausencia.

lunes, 6 de febrero de 2017

ABLAR

Es coserle la boca
al verbo primordial,
a la primera carne,
al placer inmenso
del poder que engendra
a la luz;
al placer intenso
por cuyo cauce
libre discurre
toda belleza;
donde se desborda
el deseo de morir
como si se fuera a nacer.
Ablar es desflorar
a la flor del deseo.
Amordazar sus pétalos.
Silenciar vida.
Matar la voz.


viernes, 3 de febrero de 2017

EL DESAYUNO DEL OPERARIO DE GRÚA DEL PUERTO

El desayuno del operario de grúa del puerto consistiría en un bocadillo de jamón, un zumo de naranja y un canuto de buena marihuana. Como le resultaba engorroso bajar por la estructura de la máquina hasta tierra firme para realizar la operación, decidió que esa mañana su desayuno fuera en la misma cabina de la grúa, lejos de las miradas de sus compañeros, jefes y turistas. Degustó el bocadillo con sumo placer, igualmente el zumo. El canuto debió hacerse esperar puesto que no encontraba mechero ni fósforos con que encenderlo. Se sintió muy frustrado al pensar que tendría que bajar de la grúa a pedir un mechero para encenderse el canuto, y que su desayuno, esa mañana, no resultara perfecto. Con el regusto aún ácido del zumo, se le ocurrió que lo mejor que podía hacer para proveerse de una eventual chispa para encender el canuto era hacer un puente con los cables del mecanismo de los mandos de la grúa; total, nadie se daría cuenta. Con el canuto en la boca, desmontó el salpicadero que albergaba el cuerpo eléctrico que accionaba el contacto de la grúa y, acordándose de sus años salvajes, ideó el puente. El espacio en la cabina de la grúa era exiguo, lo que obligó al operario de grúa del puerto a adoptar una postura corporal ciertamente complicada para acercar su cabeza al foco de la chispa. Tan forzada postura, al agachar la cabeza por debajo de sus rodillas mientras practicaba con las dos manos el puente, produjo una opresión en su estómago que resultó en una arcada por lo reciente que aún andaba el bocadillo, y sobre todo, la acidez del zumo de naranja en su esófago. El estertor del reflujo que le sobrevino hizo que su cabeza se golpeara con una de las palancas, y le ocasionó una luxación cervical que, debido al dolor, le hizo perder todo sentido del equilibrio en la cabina. El canuto, debido al vómito, salió disparado de entre sus labios y, húmedo, resultaba del todo inservible ya. El dolor era insoportable, y en esa postura, asfixiado en su propio reflujo se lo encontraron sus compañeros y su jefe al acabar el turno, debido a la alarma que suscitó el hecho de no haber atendido al carguero coreano que acababa de atracar, a cuya descarga estaba asignado el operario de grúa del puerto. Dejó mujer y una hija. El golpe en la cabeza del operario de grúa del puerto fue mortal, junto a la asfixia. Del canuto humedecido por el vómito nadie se dio cuenta. Era otra la tragedia de ese día.

LA CAMPEONA MUNDIAL DE NATACIÓN

La campeona mundial de natación fue a comprar naranjas. Dio los buenos días al frutero, el cual le despachó, diligente, ocho naranjas. Tuvo una agria discusión con él a cuenta del precio de las naranjas. Ella le levantó la voz. Él le pidió que no le hablara en ese tono y ella, furiosa, saltó por detrás del mostrador y le propinó un fuerte puñetazo en la nariz que lo dejó sangrando. No contenta, le dio dos patadas en el hígado ante el resto de clientes, los cuales huyeron de la tienda, escandalizados. La campeona mundial de natación salió de la frutería con los nudillos doloridos. Llamó bastardo al frutero, que aún permanecía hecho un ovillo en el suelo de la frutería; sangraba mucho. Tiró las naranjas por detrás de una tapia. Siete gatos se lanzaron de inmediato a por ellas. La campeona mundial de natación, ya en su casa, desde la ventana de la cocina, se puso a escupir a la calle. Vino la policía e hizo preguntas. Todo quedó en eso. Al día siguiente, la campeona mundial de natación vivió el día más hermoso de su vida: su novio le pidió matrimonio en un parque. Ella le dijo que sí. Se casaron meses después. Tuvieron dos hijas, una de ellas, con problemas. Él la dejó por una veinteañera del trabajo. Ella lo esperó un día por fuera del trabajo, y lloró, mientras le encañonaba con un revólver. Disparó.

martes, 31 de enero de 2017

X-CRIBIR

Para qué engañarles:

Yo empecé a escribir porque quería follar. Yo también fui joven poeta que trataba de ir de Mick Jagger por la vida. Me gustaba —y aún me gusta— exhibirme en esas lides: me siento como una gran estrella del rocanrol cuando recito. Luego, como no follaba, lo seguí intentando, es decir, seguí escribiendo y recitando cada vez mejor en detrimento, claro está, de mis destrezas eróticas. Y así he seguido hasta ahora. Escribo mucho mejor de lo que follo, y también más. Gracias a no follar tanto me he hecho escritor, contra todo pronóstico. Ahora, cuando follo, cosa que pasa muy de tanto en tanto —a menudo también contra todo pronóstico—no me siento como una estrella del rocanrol, pues creo que no he follado en mi vida por lo que he escrito, sino por la persona que soy gracias al tiempo que gané escribiendo y al que perdí queriendo escribir para follar.

ESCRIBIR NADA

Aún no escribí
lo que debiera:
queda demasiado polvo
en el camino.
Pezuñas de jirafa indican,
en la hondura de sus huellas,
que las copas de los árboles
más verdes, los de hoja
más jugosa, más caduca,
durarían lo mismo que un cometa.


Verbos no me faltan.
Días menos, pero a noches
saltan del papel hacia mi rostro,
sepultan mi razón,
se ponen muy palabra,
tanto, que ladro en sueños.
Irrumpo en la dicha
taconeando torpemente
cuando a la danza un gesto
hace del lápiz violonchelo,
esa gravedad que frota
el aire, una voz con osamenta.

Qué decir, entonces.
Qué decir nada.
Qué.
Esto es lo que no me salva
de cazar colibríes,
del vino, del muerto
casi acontecido, común.
Frío como un pastel.
Ni flores siquiera
sudando en un jarrón.
Ni dientes cargando
con el peso de las sílabas.

No tengo dedos
para ganarme las letras.
No tengo yugos,
ni llagas, ni llegas.
Esto es sólo eso solo.
Un aparato más.
Un óxido en la queja.
Un lamento ávido,
una vulgar audacia
queriendo decir nada.
Queriendo hacer cielo
donde no lo hay.

Aún no escribí
lo que debiera.

Paciencia les ruego.

Después dirán.

FRÍO UMBRAL

Llegar siempre tarde al frío umbral del desencanto. Cuando la fiesta acabó hace rato. Cuando todos se han marchado a verme llegar tarde, escondidos tras la maleza. Nadie dice nada. Nadie avisa, y cuando lo hacen, sólo profieren el reproche, ese "¿lo ves?". Pues no, no lo vi. No vi más que la luz que me guió hasta ese umbral, ahora frío; hasta ese umbral donde no hay puerta, ni abierta ni cerrada; hasta ese umbral donde hay, eso sí, un enorme timbre. Y tocas, y vuelves a tocar. Pero el timbre no suena. No suena porque no hay más que un umbral, un marco, un quicio, una sensación de puerta abierta, un ánimo de cruzar hacia algún lugar donde estaría mejor que antes. Y te dices: iluso. Y te dices: imbécil. Y te repites: otra vez. Llegar siempre tarde al frío umbral del desencanto. Y darte cuenta de las pocas ganas que tienes de darte la vuelta y volver por donde viniste. Todos siguen acechando tus movimientos, tras la maleza. Esperando a que te vayas para poner la puerta, para arreglar el timbre, para seguir la fiesta a la que tú no debías llegar a tiempo. Me adentro en la maleza. Desaparezco.

viernes, 27 de enero de 2017

¡ELI, ELI!

¿A dónde me llevas, verbo?
¿A qué lugar sin geografía posible, 
a qué inimaginable territorio, 
con toda su atroz virginidad?

¿A dónde quieres llegar conmigo?
¿Qué salones debemos frecuentar
para darnos el mutuo placer
de la vibrante compañía?

¿Hacia qué estancia me conduces,
lejos de miradas imprecisas, 
lejos de tanta descuidada intimidad?
¿Cuándo quieres que te perdone?

¿A dónde me llevas, verbo?
¿Acaso piensas que en mi boca
quedan aún surcos fértiles 
para sembrar tan débil tu belleza?

¿Crees todavía que te seré fiel,
o incluso leal? ¿De qué quieres
convencerme a estas alturas
del silencio que propagas?

¿No te has dado cuenta?
Lo que pueda hacer contigo
es pura imaginación,
puede ser hasta mentira.

¡Eli, Eli!

¿Por qué no me has abandonado?

jueves, 26 de enero de 2017

1977*

Cuando a 1977 le sigan un guión y una cifra.
La cifra de un año no conocido por mí.
Detrás de mi nombre completo, entre paréntesis.
Tras un poema, o un verso,
una leve cita de aquel poeta desconocido
de quien un lector incauto hizo patria,
protestad.


Protestad enérgicamente
ante mi tumba, o ante el polvo
arremolinado;
con rabia, con ternura, con todo el recuerdo
del que seáis capaces. Con la debida nostalgia
del poeta privado que les dio ganas.

Abrid la boca y formulad la protesta
ante los gerifaltes del olvido, del descuido
de sus próceres sutiles. Ante los enciclopédicos
recopiladores de hitos universales,
decidles:

"Este poeta fue mío"

Que no me manchen con su memoria
tibia, con su media tinta.
Que no me recuerden en los tratados,
sino en la tardecita, con el café, o la copa
con la que siempre os brindé todo guiño.

Cuando no sepáis a dónde llevarme flores
sabréis que todo pistilo fue mi labio
vibrante, mi voz quejida, mi desgarbo.
Mi olor íntimo sólo sensible en el abrazo.
Mi pudor estructural. Mis suaves maneras.

Cuando a 1977 le sigan un guión y otra cifra,
desconocida aún por mí,
venid a verme a donde sea. A los lugares
donde os hice frecuentes, a donde os amé
bien fuerte, como se ama a quien se espera.
Acordaos de mi cocina, sanctasanctorum
de grandes confidencias, de gestos inusuales.
De lágrimas inscritas en lo que resulta blando,
tierno como un pan recién nacido.

Cuando sea desconocido para siempre
recordad que una vez fui vuestro.
Sencillo como una silla, terco como una piedra.
Ponedme un vaso de licor junto a los labios.
Besadme.

Sabréis donde esconderme
de todas las miradas.

miércoles, 25 de enero de 2017

CONTRATIEMPO II

Las autoridades habían cortado la avenida. La comitiva policial formada por el cuerpo de motoristas, agentes armados con escopetas, caballería, coches celulares que hacían girar la luz estroboscópica de las sirenas sin sonido, comenzó el desfile, flanqueando el gran coche, donde, a modo de vehículo papal, exhibían al asesino en serie en una cabina de cristal blindado. Los transeúntes, asombrados ante tal despliegue de solemnidad policial, nos alinéabamos en las aceras, esperando a que una vez que hubiera pasado el cortejo pudiéramos continuar con nuestros cotidianos quehaceres. El gran coche pasó por delante de mí. En la cabina blindada, un varón de unos 50 años, canoso, con gafas y cara de no haber roto un plato en su vida se hallaba sentado, encorvado y cabizbajo, fuertemente esposado de pies y manos, con el atuendo naranja típico de los convictos. Pregunté a una agente armada con una gran pistola en la mano a qué se debía tal parafernalia.

—¿No se ha enterado? Es el peligroso asesino en serie al que llaman "The Taylor" (El sastre). Lo detuvimos ayer tarde. Llevábamos meses detrás de su pista. Catorce las víctimas que se le atribuyen. ¿Que qué hacía? Secuestraba a sus víctimas, principalmente señoras de avanzada edad, y las desollaba vivas. Después les sacaba los ojos. Con la piel se hacía abrigos y con los ojos, una vez desecados a través de un complejo proceso de taxidermista, se hacía los botones de dicho de abrigo. Ahora nos lo llevamos al puerto porque el Ministerio del Interior ha fletado un barco para llevarlo al islote prisión. Va a ser el primer inquilino de la prisión de máxima seguridad allí instalada. Llevábamos tiempo esperando este momento —me dijo, ufana.

No sé si me inquietó más el paripé, la sonrisa de la agente, la solemnidad del acto, o saber que entre nostros existía tal calaña de individuos que se cruzan contigo en la frutería, y que con exacerbada amabilidad piden un kilo de naranjas a saber con qué oscuro motivo. Una vez pasó la cabalgata, crucé la calle y me metí en la librería de viejo, donde conseguí varios libros que llevaba tiempo queriendo adquirir. Entre ellos estaba "Madame Bovary" en una edición francesa del año 1926, una auténtica joya.

martes, 24 de enero de 2017

CONTRATIEMPO

Al asesino en serie le ocurrió un contratiempo. Yendo a la ferretería a por más cinta aislante, tropezó con un escalón, totalmente inesperado, y dio con su cuerpo en el asfalto. El camión de la basura, vaciado ya el contenedor donde el asesino en serie depositó los restos más recientes de su víctima, tuvo un pinchazo. Colapsó todo el tráfico de la estrecha calle del barrio. Mientras tanto, el asesino se retorcía de dolor en el suelo; tal vez una rotura de ligamentos, o un esguince. Una señora llamó a la ambulancia; una señora que no sabía que esa noche no cenaría de no haber sido porque el camión de la basura tuvo un pinchazo y su asesino en serie tropezó en la acera. La ambulancia no pudo recoger al asesino en serie porque el camión de la basura bloqueaba la calle antes de que la policía, que lo venía acechando desde hacía meses lo encontrara, retorcido de dolor. No tuvo salvación.

lunes, 23 de enero de 2017

CISTERNA

Es un coro abismal,
acuático, que se lleva
todo mi mal cuerpo.
La excrecencia de serme.
Una vorágine incauta,
una nada hacia la nada.
Una coacción, una coartada
del cuerpo que se desaloja.
Un principio de Arquímedes,
pudorosa eureka.
El maelstrom. El remolino
hacia el Averno.
El olor familiar hacia lo oscuro.
El conocimiento primordial
de lo desconocido.
La cadena, la condena,
la rutina de lo que sobra,
el abandono íntimo. Lo vulgarmente
bello.
El íntimo pacto conmigo mismo.
Lugar donde gira frenético el despojo:
compota de lo que soy.

COCA

Siga la raya blanca.
El invierno pronto
en el cerebro. El frío.
Siga la raya blanca.
Respire. Trate de no pensar
cómo lloverá luego en las encías.
La ácida lluvia en el cielo
de la boca desbocada;
en los ojos llorosos,
en la nariz húmeda.
Salte.
Siga la raya blanca.
La piel haciéndose pedazos,
copos de luz, fuego
de artificio. Mascletà
en el corazón.
Bolero de Ravel.
Mírese el sexo.
Mírese abultar
ese tembleque.
Siga la raya blanca.
Piense que es buena,
que no es cal, ni tiza,
ni ibuprofeno, ni nolotil.
Piense que es coca.
De la buena.
Plata o plomo.
Colombiana chévere.
Siga la raya blanca.
El horizonte donde
caerse de rodillas.
El abismo por detrás.
Siga la raya blanca.
Hasta que todo caiga.
Caiga.
Siga la raya blanca.
Siga la raya blanca.
Siga la raya blanca,
mírese al espejito.
Siga la raya blanca...

PRIMER ADIÓS

El primer adiós
no es como el segundo.
Menos aún como el último.

El primer adiós
se despide siempre
con mano suave,

con inseguro ademán,
sin mucha agitación
de muñeca.

No es definitivo.
Es un adiós el primer adiós
como quien sale por la puerta

y parece que entra
nuevamente,
una especie de saludo

dedicado al pasado,
y también al futuro.
Algo que no termina.

El primer adiós
es una sonrisa de bebé.
Nunca se sabe muy bien

si se ríe por algo,
o si no sabe expresar
bien la tristeza

por tamaño desencuentro.
El primer adiós
dura mucho tiempo.

El último trae brisa
repentina de portazo,
un olor a pino que golpea

la estancia, la sonrisa
del bebé que ya olvidamos.
El primer adiós

sirve tanto para un roto
como para una bienvenida.
Sirve para decir

un buen hasta pronto.

domingo, 22 de enero de 2017

POEMAS, SEXO Y ROCANROL

Para qué engañarles:

Yo empecé a escribir porque quería follar. Yo también fui joven poeta que trataba de ir de Mick Jagger por la vida. Me gustaba —y aún me gusta— exhibirme en esas lides: me siento como una gran estrella del rocanrol cuando recito. Sin embargo, como no follaba, lo seguí intentando, es decir, seguí escribiendo y recitando cada vez mejor en detrimento, claro está, de mis destrezas eróticas. Y así he seguido hasta ahora. Escribo mucho mejor de lo que follo, y también más. Gracias a no follar tanto me he hecho escritor, contra todo pronóstico. Ahora, cuando follo, cosa que pasa muy de tanto en tanto —a menudo también contra todo pronóstico— no me siento como una estrella del rocanrol, pues creo que no he follado en mi vida por lo que he escrito, sino por la persona que soy gracias al tiempo que gané escribiendo y al que perdí queriendo escribir para follar.

Proliferan últimamente por nuestras ciudades cierta cantidad de locales y espacios por los que desfilan gran cantidad de jóvenes, bien curtidos en las redes —o marañas— sociales, que hacen de su verbo y sus versos pretendidamente subversivos —dicen polla, coño, follar cada tres palabras— el instrumento perfecto mediante el cual exhibir sus egos ansiosos de veneración prójima; jóvenes —y no tanto— de una adolescencia programada que dota a nuestras letras de una nueva significación explícita que suponemos realista, confesional y descriptiva, de hazañas vitales y crónicas existenciales basadas en incursiones constantes en el inframundo urbanita. Sientan cátedra desde sus tronos dorados y adorados mediante un lenguaje ultramoderno, acorde con los tiempos críticos que nos toca vivir —a todos—, lanzándose con desmedida audacia y nada desdeñoso atrevimiento a una verborrea insolente, insufrible y a menudo insustancial. Es lo que podríamos llamar, si me lo permiten, postpoesía —es decir, poesía no, lo siguiente—, atados a la engañosa estela de todo lo que bajo el latinajo post encierra y fascina.

No seré yo quien diga qué es y no es poesía, puesto que, como ya dije anteriormente, yo también estuve y he estado ahí en numerosas ocasiones, apoyando nuevas voces, nuevos giros y nuevas maneras de entender este oficio que basa su poder, esencialmente, en la expresión de ideas, sentimientos y, sobre todo, en la búsqueda incondicional de la belleza, desde todos los prismas posibles. No obstante, me parece que esta búsqueda de la belleza, único propósito, elegible libremente, así como los recursos y los instrumentos que la imaginación nos ponga al alcance, con toda la inmensa diversidad de estímulos que la exciten, resulta en la gran mayoría de estos nuevos próceres una suerte de vocación por el mero escándalo superfluo, superficial e inmediato, basando la eficacia y la calidad del mensaje que transmiten en función de la cantidad de megusta que en sus cuentas y perfiles sean capaz de coleccionar, como pokémons, o como en los cromos de mi época vetusta y carca. En definitiva, una persecución exacerbada de un poder mediático y mediatizador de su propio culto a la persona y a la imagen, lejana a cualquier compromiso real con este oficio ancestral y, permítanme que este carca así lo diga, sagrado que es hacer y crear belleza a través del uso cuidadoso y esmerado de la palabra; único bien consustancial a nuestra especie.

De muchos serán conocidos los movimientos artísticos que ampliaron el espectro expresivo y el desarrollo que en el campo del Arte proporcionaron durante todo el siglo anterior la aparición de corrientes contraculturales o incluso antitradicionales como el dadaísmo, el surrealismo, el ultraísmo, el feísmo, el futurismo, el postmodernismo y otros tantos ismos. Movimientos todos ellos regeneradores y vigorizantes del lenguaje y la expresión artística, cuya exploración y desarrollo, con mayor o menor fortuna o trascendencia, fueron acometidos, y también —por qué no decirlo— perpetrados estrepitosamente por tantos artistas en pos de una reivindicación sociocultural con arreglo a las circunstancias del momento, con ánimo siempre crítico o hasta evasivo en toda su hondura.

Correlativamente, en otros ámbitos artísticos, quizás más abocados a lo políticamente incorrecto —si es que a estas alturas cualquier cosa política no apesta a incorrección—, tanto el punk, el movimiento hippie, la new-age, y otros muchos, supusieron, desde el punto de vista de la cultura como vehículo de cohesión social —con sus cultivadores y sus perseguidores— una referencia indiscutible a la hora de tomar posiciones y establecer compromisos ideológicos y bases sólidas para la construcción del imaginario, del deseo y de las aspiraciones de las diferentes sociedades en que éstas tuvieron cabida. Bien es cierto que siempre es necesario un revulsivo, un traqueteo en las bases del andamio sobre el que se construye toda la mentira que nos toca confundir hoy con el absolutismo de la Verdad.

Ahora todo es para ya. Si no te ven, si no te exhibes, no existes. Porque ahora, en vez de que la obra sea el objeto de veneración, lo es el autor, o la autora, por encima de lo que pueda suponer en valor artístico el objeto de veneración. La obra se confunde con el autor, es decir, el autor se convierte en marca comercial, en hashtag, en trending-topic, esto es, la personalidad del artífice se construye a través de la obra y viceversa; la obra y el autor son indivisibles puesto que se han convertido en el mismo objeto de consumo. Muerto el perro, se acabó la rabia. Por tanto, a menor virulencia de la rabia, menor la ferocidad del perro. Los poetas exhiben sus tatuajes tribales, sus rayas de tigre, sus pinturas de batalla, mientras que sus palabras sólo sirven al efecto de perpetuar la imagen de quien las proyecta, es decir, todo queda en la epidermis, todo es un trampantojo en la retina. Nada conmueve, sólo pone. Si no pones no follas, si no follas, no eres nadie. Bienvenidos al bucle.

También resulta patético ver cómo muchos viejos y viejas poetas se acercan a estos aquelarres, a estas orgiásticas reuniones con intención de pillar cacho con jovencitos o jovencitas cañeros, plegándose a una protésica expresión afín para no sentirse “fuera de onda”. Lo confieso, yo he merodeado en esas turbiedades, pero les garantizo que nunca se sale indemne. Es más, probablemente sucumbamos al morbo que despliegan estos hipersexualizados autores, como nostalgia de aquellas oscuras fantasías que nunca pudimos conseguir a través de nuestras primigenias y espúreas basurillas lacrimógenas con las que pretendíamos dárnoslas de malditos, porque molaba ir de triste y de destroyer por la vida. El problema reside en que cuando uno desiste, tal vez por pudor, o por decencia; cuando uno se da cuenta de que todo ese meollo no conduce más que al estrepitoso fracaso, es cuando se empieza a vislumbrar la luz al fondo del pasillo.

De entre todas esas voces y autores hay muy pocos que merezcan mi respeto, sobre todo porque, una vez tomado el contacto, cautamente, se revelan como personalidades de un profundo calado artístico que fascina y perturba; comprende uno que sus tiempos no son nuestros tiempos, que la dirección de su verbo no es la nuestra, pero que el fondo comprometido que nace con cada chispazo de otros, en éstos se hace llama constante, una llama que permea todo lo que hacen y son, como autores, como personalidades. Dejan de ser una marca, aunque su aspecto externo nos recuerden los salvajes años del rocanrol, donde todo eran correrías interminables, juergas y jergas, sexo, drogas, rocanrol.

Nunca me resultó admirable lo masivo, sino lo puramente salvaje que en cada ser humano que he conocido ha permitido a mi instinto disfrutar de la íntima belleza carente de inocencia; la belleza basada en el contacto carnal de la palabra; sólo cuando el verbo se hace carne, el ser humano existe. Cuando el ser humano sólo se hace carne sirviéndose del verbo, estamos ante una pornográfica pulsión de consumo irredento e inmediato que caerá en el olvido más desolador. Cuántos de todos ellos lo saben sólo lo dará la franqueza con la que conjuguen en su idioma propio, único, el verbo que remita a la más pura belleza de sus vidas, sin parapetos. Sin la inhibida impostura de los que dicen ser lo que son, sin serlo, pervirtiendo la natural desinhibición de quien se ha comprometido por fin con la belleza.