sábado, 22 de julio de 2017

LAS DAMAS NO LLORAN

a Carlos Pulido
De las damas se puede hablar
cuando se puede hablar de ángeles, dolores,
remedios, angustias;
de luz, alba, rocío, montaña, valle, vega,
de gloria, de fe, milagros,
de caridad, camino, esperanza, paz;
de estela, de mar, de sol, de nieves,
de luna, estrella, aurora,
de paloma, blanca, dulce, amada;
de margarita, de rosa, de azucena,
de begoña, hortensia, dalia, o de azahar:
de flor, blanca, violeta: pura.
De encarnación, olvido y resurrección,
de soledad, de alma; de consuelo.
De iris, de ámbar, de jade,
de cristal, de ágata, esmeralda.
De ella, mía; socorro y cara;
de linda, bella.
De Asia, África, América o Australia;
De Arabia, Armenia...
De tecla o rebeca.
Así de clara.
De victoria.

De las damas se puede hablar

siempre.

Se debe.

Las damas
no lloran.

jueves, 13 de julio de 2017

EL HOMBRE DE LA FLAUTA

En el Museo de Arte Contemporáneo una pareja visita las diferentes estancias. La instalación consiste en una serie de habitaciones, recreando un hogar, en el que se exponen diferentes soluciones habitacionales. Según las indicaciones, los visitantes pueden pasar una hora en cada una de las habitaciones, por turnos, como si fueran los habitantes de ese hogar ficticio, completando la secuencia, a modo de "tour". Al llegar al dormitorio, la pareja se recrea en la intimidad de la estancia: se acuestan en la cama y, de repente, excitados, comienzan a desnudarse mutuamente. Mantienen una relación sexual completa durante unos veinte minutos. Luego, a modo de juego, aún desnudos, fingen en voz alta el acto sexual. La encargada de la exposición, alertada por un visitante de aspecto extranjero con un perro grande debido a la tardanza de la pareja y de los sonidos que provienen del dormitorio, decide entrar en la estancia, sorprendiendo a la pareja, que se está vistiendo, mientras ambos fingen orgasmos. Incómoda, reprende a la pareja y pide disculpas al visitante de aspecto extranjero con el perro, el cual reconoce al joven a quien saluda de modo jovial. La pareja, entre risitas cómplices sale de la estancia, despidiéndose del visitante de aspecto extranjero con el perro, ante la mirada atónita de la encargada de la exposición.

Un hombre negro está en los lavabos del Museo. Confuso, trata de averiguar cómo demonios accionar el lavabo para lavarse las manos. Hay otro hombre en los lavabos que porta una mochila a su espalda, de la que sobresale lo que parece ser la embocadura de una flauta. El hombre de la flauta se acerca al hombre negro y le muestra cómo accionar la palanca que abre el grifo del lavabo. El hombre negro, tras lavarse las manos, toma las del hombre de la flauta y se lo agradece. El hombre de la flauta le devuelve la muestra de agradecimiento y le llama Joshua. El hombre negro le dice que se llama Jousie, no Joshua. El hombre de la flauta le dice a Jousie que un año antes había visitado el Museo y que se encontró a un hombre negro que se llamaba Joshua, que guardaba un parecido notable con él. En aquella ocasión, fue Joshua quien mostró al hombre de la flauta cómo accionar el mando del grifo para lavarse las manos. Jousie le dice al hombre de la flauta que Joshua era su hermano, que trabajaba en ese Museo.

El hombre de la flauta desciende por la avenida, bastante concurrida de tráfico. Hay prostitutas muy bien arregladas, con buen aspecto, que se le acercan para ofrecerle servicios sexuales, los cuales rechaza cortésmente. De repente, se da cuenta de que se ha dejado la mochila con la flauta en el taxi que le dejó en la avenida. Errático y triste deambula durante unas horas por la ciudad, de aspecto moderno; le recuerda a una ciudad coreana. Abatido, llega hasta una pequeña plaza con una terraza de mesas en un costado. Observa a una pareja en una mesa. Hay una flauta sobre ella. Se diría que es la suya. Se acerca, y con cierto reparo les pregunta dónde encontraron esa flauta. Ellos le dicen que en un taxi. También le dicen que se parece mucho a la flauta de una hija que tuvieron, fallecida muy joven. Él les explica que esa flauta es suya y que no puede ser de su hija; que la ha buscado durante mucho tiempo, recorriendo muchos lugares y viviendo muchas vicisitudes en su camino por encontrarla.

Se levanta un viento repentino bastante fuerte en la plaza.

Un anillo blanco de plástico viene a parar a la mesa de la pareja. La pareja, conmovida por la historia del hombre, acepta devolver la flauta al hombre. Una niña pequeña se acerca a la mesa, llorando desconsolada, preguntando por un anillo blanco que ha perdido. El hombre de la flauta recoge el anillo de la mesa y se lo entrega a la niña, abrazándola y consolándola. La niña tiene aspecto desaliñado, como si viviera en la calle.

El hombre de la flauta dice estas palabras:

"Ahora el hombre tiene su flauta; la niña tiene su anillo; el hombre y la mujer, la niña. El hombre de la flauta, por fin puede marcharse." Con lágrimas en los ojos añade: "Por favor, cuidadla". Y se marcha.

Así termina este sueño.

martes, 11 de julio de 2017

MICROPOEMA CON DEDICATORIA

Vapor, ustedes.

CITA

Abro comillas
para decir desde otra voz
lo que mi voz desea,

para contar hasta tres
y figurarme un ultimátum,
una fuga, un salto, un credo.


Abro comillas
para no cerrar memoria
ni convocar al temible olvido;

para honrar lo que es parte
indivisible del fuego,
del alma, del sueño.

Abro comillas
para disfrazarme a solas
de dinosaurio extinto;

para gozar a gusto
y en privado de la belleza:
única razón que me palpita.

Abro comillas
para decir desde otro ser
lo que mi ser quisiera,

para buscar a tientas
comida, cobijo, amor,
lentitud, infamia.

Para quedarme
mudo ante el abismo,
mejor cierro comillas.

domingo, 9 de julio de 2017

HUMEDAD

Bajas por la vereda hasta mi boca,
ahí tus labios descansan.
Dejan musgo, líquenes adheridos
al húmedo brotar de mis encías.
Dejan abismo, también.
Cosas que no deben contarse aquí.


Hay esta voluntad de bosques
naciendo del torrente silencioso
de mis dedos; mi voz callando al tiempo
que arrastro la hojarasca y descubro
el secreto que revela un resto viejo de caricia,
áspera, perdida entre la niebla.

Desciendes más aún, hacia donde el placer
estalla y se constela en estrías de pino,
musitando formas impronunciables de loto,
sutiles tecnologías del hábito de amarse,
con todo en la nada sombría tan iluminada;
queja de niñez que desata nudos de tus pasos.

Bajas por la vereda hasta mi boca,
me encuentras santificado, delirante,
asceta y nómada. Como quien ignora
cualquier mapa de tu cuerpo,
esperando calma, sueño. Ebriedad
en la zona dulce de todo lo que me abraza.

¿Cuánta es la extensión de tu lengua?
¿Cuánta la potestad de la galaxia,
la aurora que lanza rayos a tus ojos,
la autoridad del caos para disparar
dardos envenenados al ocaso?
¿Cuánta la verdad burlada?

Serpiente, escarabajo, alimaña,
gnomo, duende, ninfa, hada,
insecto crepitando, rocío luminoso,
legaña tierna, hueso ardiente de ternura,
todo lo tuétano que saborea mi lengua
cuando bajas por la vereda hasta mi boca.

ÚLTIMA ESTACIÓN

Por no llevar billete, el revisor le ordenó cortésmente que se bajara en la siguiente estación. Sin rechistar, agarró sus bártulos y descendió del tren en aquella estación en la que no había nadie esperando por nadie, ni siquiera por un tren. Solo en el andén, se figuró que aquella estación podría no estar en ningún mapa de la red ferroviaria; que podría ser una estación de tercera, de esas que jalonan los trayectos para viajeros que, sorprendidos sin billete, deben apearse en algún lugar. Llegó a inquietarle pensar en la frecuencia con que otros trenes se detendrían por allí o qué tipo de viajeros pudieran bajarse. La estación estaba cuidada, aunque no parecía haber mucha actividad. Entró en el precioso y amplio edificio metálico, donde una música sutil proveniente de un lugar incierto logró apaciguar sus preocupaciones. De una pequeña oficina situada al otro lado del pabellón, se escuchaba teclear a máquina. Se aproximó y pudo distinguir a un hombre de uniforme, ya mayor, sentado ante una vieja máquina de escribir. Parecía no estar escribiendo nada especialmente, sino que se limitaba a aporrear las teclas sin ton ni son, a modo de entretenimiento. Hacía una temperatura muy agradable en el interior de la estación, y la música incierta, como de violín apagado, contribuía a la agradable atmósfera. De repente, el oficial de la estación dejó de teclear, mirando fijamente al viajero que acababa de llegar.
 
—¿Qué estación es esta, señor?—, le preguntó al oficial, que aún seguía con la mirada fija en él.
—Ninguna en especial, caballero. Esta estación no existe.

El oficial regresó a su informe inexistente, mientras la música de violín se iba apagando cada vez más por debajo del martilleo de la máquina de escribir. El viajero, se sentó en un banco cercano y sacó una manzana del bolso. De repente le había entrado hambre.

martes, 4 de julio de 2017

VIEJITO

a mis nietos

No soy viejo.
Sólo he recorrido más distancia.
Eso erosiona mi cuerpo,
desgasta mi vista,
me cansa el corazón.


Olvido las cosas
porque mis recuerdos
también vienen de lejos,
y necesitan descansar;
la memoria es una mala costumbre

que me acompaña.
Sin embargo, mis hábitos
son los de siempre:
beber, fumar, reír, amar,
ir corriendo a todas partes.

No soy viejo.
Las arrugas son surcos
que dejan las caricias
del aire que frecuento
cuando salgo a la vida.

Mis dientes ya comieron
demasiado. O bien poco.
Por eso se me caen,
se van de vacaciones.
Añoran el sabor del polvo.

Mis huesos avisan
a la muerte de que voy.
En realidad la muerte
no quiere que yo vaya.
No le gusta el ruido que hago.

No la deja dormir.
Por eso, enojada,
a veces se nos lleva
a un sitio donde no hagamos
ese ruido.

Nos encierra en el pasado.
Nos detiene.
A los viejos la muerte
los quiere lejos.
Por eso les regala la eternidad;

para entretenerlos.
Para que ustedes
los encuentren,
tranquilos, callados.
Como los viejos.

No soy viejo.
Sólo he recorrido más distancia;
sólo estoy más cerca,
peligrosamente,
del confín del tiempo.