martes, 5 de junio de 2018

CATARSIS


Sigo.
Sigo andando.
Andando sin saber.
Sin saber cuánto pesa
lo que no pesa. Sin pesar.
Sin pasar,
de nuevo, por donde ya pasé.

Sigo.
Sigo ardiendo.
Ardiendo como una estrella
que brilla en silencio.
Soltando.
Soltando palabras.
Descargando lo que nada dice
de lo que se dice. De lo que se sabe.

Sigo.
Sigo siendo yo.
Manchados mis labios
de muda hermosura.
De asombro. De tierna calma.

Sigo.
Sigo con la mirada,
echado en la hierba, bajo la sombra
de los árboles —junto al riachuelo—,
el rastro que dejan
las musarañas. El aire que se queda
flotando en torno al tiempo.

Sigo.
Sigo andando.
Por el mismo camino,
plantando una primera huella,
nueva, fundadora de misterios.

Sigo, purificado,
desarmado. Indefenso
ante lo que no sé. En precaria
certeza de lo que se me depara.

Sigo.
Sigo porque aún tengo memoria
de todo lo que debo olvidar.
De toda belleza que permanece
en la recámara de lo sublime.

Sigo.
Sigo aquí, ahora.
Sin pensar para tan lejos.

Sigo.
Sigo vivo.

martes, 29 de mayo de 2018

CONFESIÓN DEL POETA DESCONOCIDO

Porque me alineé con los salvajes
hicieron de mí carne de cocodrilos;
porque creí, tuve fe en la belleza
oscura, lejana de médanos y dunas;
por no interesarme en
retamas, malpaíses, lavas —obviedades—;
porque confié en las malas lenguas,
en otras divinidades; porque me manché
de asfalto y grima; de los surcos saqué
bullicio, aplausos que remuneraban
el rato, el instante impávido: soportarme.
Porque poeta menor, por callejero, por beber,
por fumar, por todo lo que resta prestigio;
porque estaba al cuidado de; el maestro; el lobo;
el hijoputa. Porque resistí.

Porque no busqué vanidad —me sedujo, sí—, porque
no pretendí engañarles

nunca.

PRÁCTICAMENTE

Lo que está para uno
está para más.

Necesitar es como
dejar que el tiempo pase.

La esperanza es la maleza
que la paciencia hace jardín.

Lo bello tarda
en arder.

La urgencia
sólo quema,

prende, rápido.
Hace estallar

todo deleite.

lunes, 28 de mayo de 2018

雨 [AME]

Esa cuestión de desaparecer
es cosa de frecuentar la ausencia.

Se trata de convivir con el silencio,
sin su caricia. Sin todo eso que implica
mirarse. Imaginarse mutuamente
en otras cosas;

en lo feliz que sería
estar donde no estamos.

De donde venimos, sin necesidad
de flores, ni de caballos blancos.
Sin toda esa épica.

Sólo lo que nos perturbe
será el motor entusiasmado
de todo movimiento.
Moverse no implica desplazarse;
desalojarse de un lugar, de un momento.

El amor provoca los otoños. Hojas muertas.
Cada vez que los amantes se desencuentran,
hay tormenta. Lluvia. Todo eso que nace de la lluvia
termina por ser plenamente llovido.
Termina por un olor de asfalto, de pis.

Con lo hermoso que es desinteresarse
por lo que tanto nos importa.

Todo amor es un espejo:
vanidad de vampiros.

MECHERO

Perdí tu tacto de cuero,
el que me hacía hacerte
arder, recrearme en tu espalda.

En las vértebras del nudo
que acababan en cola, bífida,
coronada por una semilla del sol.

Quien lo encuentre
sepa qué hay en lo que toca.

En lo que enciende.

DE ESA AMABLE TENSIÓN EN LOS ASCENSORES

Ese ritual que nos obliga a una cortesía incondicional en los ascensores comienza con el encuentro de un vecino o vecina en el portal. Si uno llega antes, lo suyo es que, al ver aproximarse a su oponente —pues a partir de ese momento comienza una lucha tácita por el poder y posesión de la cortesía—, abra la puerta o que, al menos, haga ademán. Hay quien espera con aire estudiadamente distraído a que se introduzcan las llaves en la cerradura para ofrecerse a la apertura. A menudo, suena como un fornicio interrumpido, un coitus interruptus al placer de abrir la puerta del portal del edificio; es más se nota en sus caras. Si el que llega con posterioridad eres tú, sabrás a qué me refiero.

Se da en los edificios altos que al llamar al ascensor se abre toda una posibilidad de ridículos; mirarse en el espejo de la portería, observar el suelo, hacer sonar las llaves, no por nada, sino por entretenerse, aguzar el oído por lo que parece una discusión, un polvo.

Mientras desciende el ascensor desde el piso 13 al bajo, tiempo hay para revisar el buzón con su indigestión de facturas, pasquines de comida rápida, tintes para el pelo, profesor Mamadou; o si, por el contrario, resulta que de inmediato, por hallarse en el primer piso, el ascensor desciende, existe un punto de perplejidad por la insólita eficacia. En ambos casos, los oponentes henchidos de gentileza compiten para ser los primeros en abrir la pesada puerta del ascensor y preguntarse el piso. A veces ocurre que existe ya por roce cierta confianza con los cohabitantes y entonces la amabilidad se reduce a reconocer en el otro su preocupación por la climatología, el estado de las cosas más cercanas, precios de fruta, cosas del gobierno, justificaciones de compras por si el clinclín de dos botellas incomoda. Olor a cosas. Esos casos se convierten más bien en un mutuo interrogatorio de trivialidades, tal vez por corroborar que por si pasara algo alguien se preocupa.

La sensación de triunfo de ir a un piso superior al del oponente debe de parecerse al momento en que se consuma una conquista. El alivio de no tener que seguir fingiendo.

Si el oponente va, en cambio, a un piso superior aparece un desaliento suave en el ambiente. Un saber perder diplomático. La despedida se vuelve honorable, samuraica. Conmovida —o conmovido—, es posible que ayude a sostener la puerta para permitirte salir al vestíbulo cómodamente a oscuras con las bolsas de la compra y las llaves que ya se engarzaron antes entre los dedos y el incívico dolor de las asas estrangulando las falanges.

Pero cuando quien acompaña en ese tránsito de ascenso es el vecino o vecina, puerta con puerta, se instala un pudor cómplice por saber lo que se pasa, cubierto de una metafórica confesión de recientes hazañas que, entre otras cosas, remiten a episodios comunes, un parte de daños o logros; cuando  se habla en clave.

En los ascensores siempre somos sospechosos.

miércoles, 23 de mayo de 2018

KUKLUXCLÁN ECHEVARRÍA

Médico visitador de Nuevo Méjico se enamora de Guadalupe. No de la virgen, no. De Guadalupe Cardoso, hija adolescente de la víctima de un tiroteo por un asunto de esos que a Guadalupe no le gusta mencionar de los de padre, y menos delante de un médico, que todo lo saben. Todo ocurre, el enamoramiento, en el transcurso de una operación antidroga donde hay muertitos. Elevado a ojos de Lupita, Kukluxclán Echevarría, espera instrucciones desde el deefe. Sin embargo, a ojos de él, ella, con amargura, contempla el austero paisaje desértico. Cruza fugaz la mirada polvorienta con el visitador médico, que está ahí por casualidad, viéndose en la bochornosa tesitura de examinar cadáveres a falta de quien debiera estar ahí, pero que tarda desde Tijuana; cosas del tráfico, agujeros de bala, trayectorias de entrada o de salida; certificación de fallecimiento sobre el capó de la ambulancia por herida de bala gringa del sujeto que había respondido, hasta hace una media hora, por el nombre de Vicente Cardoso, pastor él, de cabras. Turbado, el médico visitador, Kukluxclán Echevarría, por la mirada de apabullante deseo de Guadalupe, Lupita, e intimidado por el papeleo al que debiera hacer frente, decide iniciar tácticas de cortejo, pues Kukluxclán no pierde el tiempo, en ninguna circunstancia, para enamorarse. Felizmente casados dos años después, Kukluxclán y Lupita, deciden dedicarse al noble oficio de atracar gasolineras. Habrá muertitos, de vez en cuando. Pero de eso que se encargue la policía, que para eso les pagan Lupita, hija del pastor muerto y Kukluxclán Echevarría, médico visitador de Nuevo Méjico.