lunes, 7 de agosto de 2017

ABSENTA

De tu ausencia, las polillas.
Escucho su rumiar de la madera.
Imagino sus mandíbulas, diminutas;
su orgía de serrín. Maquinaria
del desencanto.

De tu ausencia, los encajes.
La textura arrugada de tus bragas.
El semen seco en las sábanas;
el sudor danzando en las cornisas
de la tarde. Los avíos del amor.

De tu ausencia, el color. Los hijos
pródigos. La turbadora sonrisa
del niño que nos interroga
desde la posibilidad de nuestra duda,
desde nuestro nido. Lo sur de nuestro sexo.

De tu ausencia, el brío.
La frenética quietud de esperarte.
El hipo por faltarme el eclipse;
el faltarme del pudor, de la locura.
El espacio que todo tiempo ablanda.

De tu ausencia, la furia.
La sutileza que acaricia los párpados
del fuego forestal de tu vagina.
La sumaria exactitud en cada mueble
que consagra tu presencia.

De tu ausencia, tus piernas.
Tu olorosa bisagra marina.
El contorno palpitante de la piel:
piélago donde se nutre mi deseo;
donde me rozo en todo lo cetáceo.

De tu ausencia, mi lágrima.
Frío caudal, glaciar por derretir,
desprendimiento de retina
por tanto verme en tus ojos,
lo que de ti me hace pupila.

De tu ausencia, el saber
de la cabra. Confiar en tu mirada,
rumiando cada imagen.
Fotografía de la antigüedad.
Cuando eres Oriente, enmudezco.

INITIMISTAD

La cínica frase, socorro y parapeto de quien no quiere, no sabe o no puede decir la verdad es: "Yo te quiero mucho, pero es que me gustas como amigo/a y no quiero que el sexo rompa esta relación tan bonita de amistad que tenemos..."

Analicemos:

Se supone que la amistad básica entre dos personas pasa por el afecto mutuo, al haberse establecido la aceptación de un vínculo en el que la jerarquía —y por tanto, la noción de poder— está absolutamente fuera de todo lugar y de todo tiempo. Es decir, la amistad nace de la vocación de un conocimiento a través de un reconocimiento de la otra persona y sus particularidades que interviene en esa relación. Es decir, y en esto —a pesar de probables desacuerdos— suscribo las palabras de Ernesto Sábato: "la amistad opera entre iguales".

Reconocer a otra persona como igual es, al mismo tiempo, reconocerse en la otra persona como parte de un contexto existencial en el que, sin demandas mediante, esas dos personas —estado básico en el que la amistad o cualquier relación humana se establece— deciden que sus tiempos y sus vivencias son correlativas, entendiendo que cada tiempo y vivencia son absolutamente privados, pero no por ello, intransferibles, incluso en los distintos espacios y tiempos en que dicha relación se se desarrolla. Es ahí donde radica la diferencia fundamental de cualquier relación entre personas; ese es, precisamente, el pacto primordial que se genera entre quienes se reconocen como iguales en el momento de realidad que comparten mutuamente.

Por tanto, si la amistad opera entre seres humanos "iguales" —por "igual" habría de entenderse "común posibilidad", sin incurrir en ese cansino y retórico juego de la simpleza que lo equipara a la "simultaneidad compartida", gran falacia y abyecta mentira sobre la que se sustenta, de manera alarmante, el edificio de las relaciones humanas genéricas que hoy identificamos como "auténticas"— el acceso mutuo, en lo emocional y en lo físico, debería contemplarse del mismo modo como una posibilidad común, esto es, como algo que ocurre y sucede de un modo más o menos frecuente, cotidiano y alejado de cualquier escándalo; una "consecuencia natural".

De hecho, hay amistades que se inclinan más hacia un lado o hacia el otro, más hacia lo emocional o más hacia lo físico. Las relaciones de amistad más tendentes a lo "emocional" se constituyen en un entorno confesional donde la sinceridad (a menudo confundida con la insolencia) es el único vehículo autorizado para transportarnos a la tan ansiada "complicidad", si bien el aspecto físico opera como refuerzo más bien secundario que con frecuencia desemboca en un perentorio y constante ejercicio de contrición por parte de uno de los miembros que intervienen en esa relación. Por otro lado, existen las relaciones de amistad que se inclinan más hacia lo físico —podríamos decir "carnal"—, en las que lo emocional pasa a tener un valor más coyuntural actuando como bisagra, permitiendo una apertura hacia lo sensorial desde la confianza —o confidencia— desde la "emotividad", que conduce al afecto y también a la afectación.

Sin embargo, hay en la amistad un territorio tabú que va más allá de lo privado: lo íntimo. La amistad "íntima" parece un privilegio labrado con los años, un petulante elitismo, si por "íntimo" en ese plano quería decirse "estrecho", más que otra cosa.

La "intimidad" en el desarrollo de una relación amistosa sincera y verdadera, en cambio, va más allá del territorio tabú; es más, desactiva el tabú. Una amistad "íntima" sienta sus bases en un equilibrio más o menos conseguido entre el aspecto emocional y el físico. Es decir, la verdadera amistad "íntima" es la única posibilidad real de amistad básica —auténtica— entre dos personas.

De este modo, las relaciones sexuales en el marco de una amistad —odiosos los neologismos: "amigos con derecho a roce", "follamigos", "relación abierta" (¿qué relación no lo es en sí misma?)— no debieran presuponer un error de correlación entre amigos "íntimos" en un momento determinado, con lo que el problema no radica en la relación sexual que se pueda dar en la amistad, sino en lo que esas personas llaman "amistad" para referirse a la relación personal que tienen entre sí.

Así, eso de que "el sexo puede romper una bonita amistad" parte de una mala gestión de los conceptos aplicados a las relaciones, y por tanto, de una visión desenfocada de su autenticidad.

Mejor llamarlo "desconfianza", lo opuesto a todo lo que se pueda llamar "amistad".

Agosto, 2014

sábado, 22 de julio de 2017

LAS DAMAS NO LLORAN

a Carlos Pulido
De las damas se puede hablar
cuando se puede hablar de ángeles, dolores,
remedios, angustias;
de luz, alba, rocío, montaña, valle, vega,
de gloria, de fe, milagros,
de caridad, camino, esperanza, paz;
de estela, de mar, de sol, de nieves,
de luna, estrella, aurora,
de paloma, blanca, dulce, amada;
de margarita, de rosa, de azucena,
de begoña, hortensia, dalia, o de azahar:
de flor, blanca, violeta: pura.
De encarnación, olvido y resurrección,
de soledad, de alma; de consuelo.
De iris, de ámbar, de jade,
de cristal, de ágata, esmeralda.
De ella, mía; socorro y cara;
de linda, bella.
De Asia, África, América o Australia;
De Arabia, Armenia...
De tecla o rebeca.
Así de clara.
De victoria.

De las damas se puede hablar

siempre.

Se debe.

Las damas
no lloran.

jueves, 13 de julio de 2017

EL HOMBRE DE LA FLAUTA

En el Museo de Arte Contemporáneo una pareja visita las diferentes estancias. La instalación consiste en una serie de habitaciones, recreando un hogar, en el que se exponen diferentes soluciones habitacionales. Según las indicaciones, los visitantes pueden pasar una hora en cada una de las habitaciones, por turnos, como si fueran los habitantes de ese hogar ficticio, completando la secuencia, a modo de "tour". Al llegar al dormitorio, la pareja se recrea en la intimidad de la estancia: se acuestan en la cama y, de repente, excitados, comienzan a desnudarse mutuamente. Mantienen una relación sexual completa durante unos veinte minutos. Luego, a modo de juego, aún desnudos, fingen en voz alta el acto sexual. La encargada de la exposición, alertada por un visitante de aspecto extranjero con un perro grande debido a la tardanza de la pareja y de los sonidos que provienen del dormitorio, decide entrar en la estancia, sorprendiendo a la pareja, que se está vistiendo, mientras ambos fingen orgasmos. Incómoda, reprende a la pareja y pide disculpas al visitante de aspecto extranjero con el perro, el cual reconoce al joven a quien saluda de modo jovial. La pareja, entre risitas cómplices sale de la estancia, despidiéndose del visitante de aspecto extranjero con el perro, ante la mirada atónita de la encargada de la exposición.

Un hombre negro está en los lavabos del Museo. Confuso, trata de averiguar cómo demonios accionar el lavabo para lavarse las manos. Hay otro hombre en los lavabos que porta una mochila a su espalda, de la que sobresale lo que parece ser la embocadura de una flauta. El hombre de la flauta se acerca al hombre negro y le muestra cómo accionar la palanca que abre el grifo del lavabo. El hombre negro, tras lavarse las manos, toma las del hombre de la flauta y se lo agradece. El hombre de la flauta le devuelve la muestra de agradecimiento y le llama Joshua. El hombre negro le dice que se llama Jousie, no Joshua. El hombre de la flauta le dice a Jousie que un año antes había visitado el Museo y que se encontró a un hombre negro que se llamaba Joshua, que guardaba un parecido notable con él. En aquella ocasión, fue Joshua quien mostró al hombre de la flauta cómo accionar el mando del grifo para lavarse las manos. Jousie le dice al hombre de la flauta que Joshua era su hermano, que trabajaba en ese Museo.

El hombre de la flauta desciende por la avenida, bastante concurrida de tráfico. Hay prostitutas muy bien arregladas, con buen aspecto, que se le acercan para ofrecerle servicios sexuales, los cuales rechaza cortésmente. De repente, se da cuenta de que se ha dejado la mochila con la flauta en el taxi que le dejó en la avenida. Errático y triste deambula durante unas horas por la ciudad, de aspecto moderno; le recuerda a una ciudad coreana. Abatido, llega hasta una pequeña plaza con una terraza de mesas en un costado. Observa a una pareja en una mesa. Hay una flauta sobre ella. Se diría que es la suya. Se acerca, y con cierto reparo les pregunta dónde encontraron esa flauta. Ellos le dicen que en un taxi. También le dicen que se parece mucho a la flauta de una hija que tuvieron, fallecida muy joven. Él les explica que esa flauta es suya y que no puede ser de su hija; que la ha buscado durante mucho tiempo, recorriendo muchos lugares y viviendo muchas vicisitudes en su camino por encontrarla.

Se levanta un viento repentino bastante fuerte en la plaza.

Un anillo blanco de plástico viene a parar a la mesa de la pareja. La pareja, conmovida por la historia del hombre, acepta devolver la flauta al hombre. Una niña pequeña se acerca a la mesa, llorando desconsolada, preguntando por un anillo blanco que ha perdido. El hombre de la flauta recoge el anillo de la mesa y se lo entrega a la niña, abrazándola y consolándola. La niña tiene aspecto desaliñado, como si viviera en la calle.

El hombre de la flauta dice estas palabras:

"Ahora el hombre tiene su flauta; la niña tiene su anillo; el hombre y la mujer, la niña. El hombre de la flauta, por fin puede marcharse." Con lágrimas en los ojos añade: "Por favor, cuidadla". Y se marcha.

Así termina este sueño.

martes, 11 de julio de 2017

MICROPOEMA CON DEDICATORIA

Vapor, ustedes.

CITA

Abro comillas
para decir desde otra voz
lo que mi voz desea,

para contar hasta tres
y figurarme un ultimátum,
una fuga, un salto, un credo.


Abro comillas
para no cerrar memoria
ni convocar al temible olvido;

para honrar lo que es parte
indivisible del fuego,
del alma, del sueño.

Abro comillas
para disfrazarme a solas
de dinosaurio extinto;

para gozar a gusto
y en privado de la belleza:
única razón que me palpita.

Abro comillas
para decir desde otro ser
lo que mi ser quisiera,

para buscar a tientas
comida, cobijo, amor,
lentitud, infamia.

Para quedarme
mudo ante el abismo,
mejor cierro comillas.

domingo, 9 de julio de 2017

HUMEDAD

Bajas por la vereda hasta mi boca,
ahí tus labios descansan.
Dejan musgo, líquenes adheridos
al húmedo brotar de mis encías.
Dejan abismo, también.
Cosas que no deben contarse aquí.


Hay esta voluntad de bosques
naciendo del torrente silencioso
de mis dedos; mi voz callando al tiempo
que arrastro la hojarasca y descubro
el secreto que revela un resto viejo de caricia,
áspera, perdida entre la niebla.

Desciendes más aún, hacia donde el placer
estalla y se constela en estrías de pino,
musitando formas impronunciables de loto,
sutiles tecnologías del hábito de amarse,
con todo en la nada sombría tan iluminada;
queja de niñez que desata nudos de tus pasos.

Bajas por la vereda hasta mi boca,
me encuentras santificado, delirante,
asceta y nómada. Como quien ignora
cualquier mapa de tu cuerpo,
esperando calma, sueño. Ebriedad
en la zona dulce de todo lo que me abraza.

¿Cuánta es la extensión de tu lengua?
¿Cuánta la potestad de la galaxia,
la aurora que lanza rayos a tus ojos,
la autoridad del caos para disparar
dardos envenenados al ocaso?
¿Cuánta la verdad burlada?

Serpiente, escarabajo, alimaña,
gnomo, duende, ninfa, hada,
insecto crepitando, rocío luminoso,
legaña tierna, hueso ardiente de ternura,
todo lo tuétano que saborea mi lengua
cuando bajas por la vereda hasta mi boca.