martes, 31 de enero de 2017

X-CRIBIR

Para qué engañarles:

Yo empecé a escribir porque quería follar. Yo también fui joven poeta que trataba de ir de Mick Jagger por la vida. Me gustaba —y aún me gusta— exhibirme en esas lides: me siento como una gran estrella del rocanrol cuando recito. Luego, como no follaba, lo seguí intentando, es decir, seguí escribiendo y recitando cada vez mejor en detrimento, claro está, de mis destrezas eróticas. Y así he seguido hasta ahora. Escribo mucho mejor de lo que follo, y también más. Gracias a no follar tanto me he hecho escritor, contra todo pronóstico. Ahora, cuando follo, cosa que pasa muy de tanto en tanto —a menudo también contra todo pronóstico—no me siento como una estrella del rocanrol, pues creo que no he follado en mi vida por lo que he escrito, sino por la persona que soy gracias al tiempo que gané escribiendo y al que perdí queriendo escribir para follar.

ESCRIBIR NADA

Aún no escribí
lo que debiera:
queda demasiado polvo
en el camino.
Pezuñas de jirafa indican,
en la hondura de sus huellas,
que las copas de los árboles
más verdes, los de hoja
más jugosa, más caduca,
durarían lo mismo que un cometa.


Verbos no me faltan.
Días menos, pero a noches
saltan del papel hacia mi rostro,
sepultan mi razón,
se ponen muy palabra,
tanto, que ladro en sueños.
Irrumpo en la dicha
taconeando torpemente
cuando a la danza un gesto
hace del lápiz violonchelo,
esa gravedad que frota
el aire, una voz con osamenta.

Qué decir, entonces.
Qué decir nada.
Qué.
Esto es lo que no me salva
de cazar colibríes,
del vino, del muerto
casi acontecido, común.
Frío como un pastel.
Ni flores siquiera
sudando en un jarrón.
Ni dientes cargando
con el peso de las sílabas.

No tengo dedos
para ganarme las letras.
No tengo yugos,
ni llagas, ni llegas.
Esto es sólo eso solo.
Un aparato más.
Un óxido en la queja.
Un lamento ávido,
una vulgar audacia
queriendo decir nada.
Queriendo hacer cielo
donde no lo hay.

Aún no escribí
lo que debiera.

Paciencia les ruego.

Después dirán.

FRÍO UMBRAL

Llegar siempre tarde al frío umbral del desencanto. Cuando la fiesta acabó hace rato. Cuando todos se han marchado a verme llegar tarde, escondidos tras la maleza. Nadie dice nada. Nadie avisa, y cuando lo hacen, sólo profieren el reproche, ese "¿lo ves?". Pues no, no lo vi. No vi más que la luz que me guió hasta ese umbral, ahora frío; hasta ese umbral donde no hay puerta, ni abierta ni cerrada; hasta ese umbral donde hay, eso sí, un enorme timbre. Y tocas, y vuelves a tocar. Pero el timbre no suena. No suena porque no hay más que un umbral, un marco, un quicio, una sensación de puerta abierta, un ánimo de cruzar hacia algún lugar donde estaría mejor que antes. Y te dices: iluso. Y te dices: imbécil. Y te repites: otra vez. Llegar siempre tarde al frío umbral del desencanto. Y darte cuenta de las pocas ganas que tienes de darte la vuelta y volver por donde viniste. Todos siguen acechando tus movimientos, tras la maleza. Esperando a que te vayas para poner la puerta, para arreglar el timbre, para seguir la fiesta a la que tú no debías llegar a tiempo. Me adentro en la maleza. Desaparezco.

viernes, 27 de enero de 2017

¡ELI, ELI!

¿A dónde me llevas, verbo?
¿A qué lugar sin geografía posible, 
a qué inimaginable territorio, 
con toda su atroz virginidad?

¿A dónde quieres llegar conmigo?
¿Qué salones debemos frecuentar
para darnos el mutuo placer
de la vibrante compañía?

¿Hacia qué estancia me conduces,
lejos de miradas imprecisas, 
lejos de tanta descuidada intimidad?
¿Cuándo quieres que te perdone?

¿A dónde me llevas, verbo?
¿Acaso piensas que en mi boca
quedan aún surcos fértiles 
para sembrar tan débil tu belleza?

¿Crees todavía que te seré fiel,
o incluso leal? ¿De qué quieres
convencerme a estas alturas
del silencio que propagas?

¿No te has dado cuenta?
Lo que pueda hacer contigo
es pura imaginación,
puede ser hasta mentira.

¡Eli, Eli!

¿Por qué no me has abandonado?

jueves, 26 de enero de 2017

1977*

Cuando a 1977 le sigan un guión y una cifra.
La cifra de un año no conocido por mí.
Detrás de mi nombre completo, entre paréntesis.
Tras un poema, o un verso,
una leve cita de aquel poeta desconocido
de quien un lector incauto hizo patria,
protestad.


Protestad enérgicamente
ante mi tumba, o ante el polvo
arremolinado;
con rabia, con ternura, con todo el recuerdo
del que seáis capaces. Con la debida nostalgia
del poeta privado que les dio ganas.

Abrid la boca y formulad la protesta
ante los gerifaltes del olvido, del descuido
de sus próceres sutiles. Ante los enciclopédicos
recopiladores de hitos universales,
decidles:

"Este poeta fue mío"

Que no me manchen con su memoria
tibia, con su media tinta.
Que no me recuerden en los tratados,
sino en la tardecita, con el café, o la copa
con la que siempre os brindé todo guiño.

Cuando no sepáis a dónde llevarme flores
sabréis que todo pistilo fue mi labio
vibrante, mi voz quejida, mi desgarbo.
Mi olor íntimo sólo sensible en el abrazo.
Mi pudor estructural. Mis suaves maneras.

Cuando a 1977 le sigan un guión y otra cifra,
desconocida aún por mí,
venid a verme a donde sea. A los lugares
donde os hice frecuentes, a donde os amé
bien fuerte, como se ama a quien se espera.
Acordaos de mi cocina, sanctasanctorum
de grandes confidencias, de gestos inusuales.
De lágrimas inscritas en lo que resulta blando,
tierno como un pan recién nacido.

Cuando sea desconocido para siempre
recordad que una vez fui vuestro.
Sencillo como una silla, terco como una piedra.
Ponedme un vaso de licor junto a los labios.
Besadme.

Sabréis donde esconderme
de todas las miradas.

miércoles, 25 de enero de 2017

CONTRATIEMPO II

Las autoridades habían cortado la avenida. La comitiva policial formada por el cuerpo de motoristas, agentes armados con escopetas, caballería, coches celulares que hacían girar la luz estroboscópica de las sirenas sin sonido, comenzó el desfile, flanqueando el gran coche, donde, a modo de vehículo papal, exhibían al asesino en serie en una cabina de cristal blindado. Los transeúntes, asombrados ante tal despliegue de solemnidad policial, nos alinéabamos en las aceras, esperando a que una vez que hubiera pasado el cortejo pudiéramos continuar con nuestros cotidianos quehaceres. El gran coche pasó por delante de mí. En la cabina blindada, un varón de unos 50 años, canoso, con gafas y cara de no haber roto un plato en su vida se hallaba sentado, encorvado y cabizbajo, fuertemente esposado de pies y manos, con el atuendo naranja típico de los convictos. Pregunté a una agente armada con una gran pistola en la mano a qué se debía tal parafernalia.

—¿No se ha enterado? Es el peligroso asesino en serie al que llaman "The Taylor" (El sastre). Lo detuvimos ayer tarde. Llevábamos meses detrás de su pista. Catorce las víctimas que se le atribuyen. ¿Que qué hacía? Secuestraba a sus víctimas, principalmente señoras de avanzada edad, y las desollaba vivas. Después les sacaba los ojos. Con la piel se hacía abrigos y con los ojos, una vez desecados a través de un complejo proceso de taxidermista, se hacía los botones de dicho de abrigo. Ahora nos lo llevamos al puerto porque el Ministerio del Interior ha fletado un barco para llevarlo al islote prisión. Va a ser el primer inquilino de la prisión de máxima seguridad allí instalada. Llevábamos tiempo esperando este momento —me dijo, ufana.

No sé si me inquietó más el paripé, la sonrisa de la agente, la solemnidad del acto, o saber que entre nostros existía tal calaña de individuos que se cruzan contigo en la frutería, y que con exacerbada amabilidad piden un kilo de naranjas a saber con qué oscuro motivo. Una vez pasó la cabalgata, crucé la calle y me metí en la librería de viejo, donde conseguí varios libros que llevaba tiempo queriendo adquirir. Entre ellos estaba "Madame Bovary" en una edición francesa del año 1926, una auténtica joya.

martes, 24 de enero de 2017

CONTRATIEMPO

Al asesino en serie le ocurrió un contratiempo. Yendo a la ferretería a por más cinta aislante, tropezó con un escalón, totalmente inesperado, y dio con su cuerpo en el asfalto. El camión de la basura, vaciado ya el contenedor donde el asesino en serie depositó los restos más recientes de su víctima, tuvo un pinchazo. Colapsó todo el tráfico de la estrecha calle del barrio. Mientras tanto, el asesino se retorcía de dolor en el suelo; tal vez una rotura de ligamentos, o un esguince. Una señora llamó a la ambulancia; una señora que no sabía que esa noche no cenaría de no haber sido porque el camión de la basura tuvo un pinchazo y su asesino en serie tropezó en la acera. La ambulancia no pudo recoger al asesino en serie porque el camión de la basura bloqueaba la calle antes de que la policía, que lo venía acechando desde hacía meses lo encontrara, retorcido de dolor. No tuvo salvación.