viernes, 30 de noviembre de 2018

BROTE #7: PRISMA

El prisma a través del cual somos percibidos en función de lo que expresamos condiciona el valor de lo expresado y la validez de quien lo expresa. Es sólo una cuestión de desenfoque.

PAISAJE


Alguien con los ojos en blanco
saluda al viajero.
Indica con su dedo curvo
el final del cielo donde el horizonte,
cueva del tiempo y la distancia,
se hace con el aire una diadema
para mostrársete aún más hermosa.

La sombra bajo el árbol, ya sin hojas,
dejó huella en los frutos podridos,
entre la arena, entre la arena
las uñas rotas que arañan una última fragancia
a la perdición del camino.
Suave la brisa calcinante; abrevadero
con astillas en el agua: peligrosa esta sed.

Debería seguir de largo.
Ocasionar un reguero de huellas
que persigan los chacales.
Sólo un rastro de alacrán
ubica el norte: insecto brújula,
hacia mí mismo.
Hacia el impulso de la muerte.

AQUÍ


Aquí
reparten si lo que dices
pulveriza lo que piensan.

Te hacen otro.
Cacarean incansables.
Gallinas.

No se puede hablar
de la aurora, aunque
no sea bella.

Juzgan el temor,
la burla, el colchón
lleno de chinches.

Torpedean
alemanamente
los cargueros de flores.

Silban disimulo.
Ocasionan problemas.
Luego se van.

Nos dejan
todo desierto.
Lacerándonos.

Vendrán luego
a por los restos.
A por lo fósil.

Cagan bien.
Tranquilos.
Sudan en silencio.

Cercenan la paz
de los retretes.
Es sólo mierda.

Nada es tan sublime.

CREDO


Creo en la gente extragaláctica.
De fuera de la ciencia,
de la física.

Creo que el carbono
es una excusa,
un límite, una insolencia.

La sustancia soberbia:
lo que sustenta
eso que debemos creer

que somos.

Creo en lo inútil.
En lo increíble.

SIN PRINCIPIO. SIN FIN

No quiero saber lo que quiero, todavía no. Si lo hubiera sabido de antemano —que no quiero saber lo que quiero—, me hubiera ahorrado tanta arrogancia, tanta soberbia, tanta falsa seguridad, tantas palabras precisas... No quiero saber lo que siento, ni lo que pienso; no quiero saberlo. Me queda mucha vida por detrás para darme cuenta de que todo lo que quiero no es lo que quiero. No quiero saber lo que quiero, todavía. Tengo derecho a la ignorancia, como también a la inteligencia. No es mi deber ser coherente. Yo no vine a este mundo para complacer a nadie. Ni a mí mismo. Rechazo toda servidumbre: en la gratitud, en el amor, en la amistad, en el odio, en la pobreza. Yo no he venido a servir a nadie, no he venido a servir para algo. No he venido para ser de los demás, para ser una herramienta de felicidad de otros. No he venido para ser feliz ni desdichado. He venido a mutar, a dejar de ser continuamente, a no saber estar, a equivocarme, a deambular por un inmenso berenjenal, a ser molesto, odioso, sublime, ingrato, amable, tierno. He venido a vivir. A no querer saber lo que quiero, todavía. Si aún no sé quién soy, ¿cómo voy a ser tan osado, tan estúpido, como para querer saber lo que quiero? Hay que ser lo suficientemente imbécil como para perder el tiempo pensando en ser alguien ajeno al alguien que ya soy, quienquiera que sea. No quiero saber lo que quiero, todavía. Cuando lo sepa, repúdienme, cobardes.

ANTIBECQUERIANA (POEMA ICONOCLASTA)


¡Qué vas a ser tú la poesía!
La poesía soy yo. ¿Me oyes?
Así que deja de lloriquear,
de darte golpes en el pecho,
de languidecer como amante
insatisfecha.
Hazte el favor. Pero háztelo bien.
Ni golondrinas, ni pupila azul,
ni pollas en vinagre.
¡Nada!
La poesía...
¡Ay, señor! Si ella supiera
cuántas veces la ultrajáis.
Se revolvería en mi tumba.
Levantaría la cabeza para
arrojaros rayos láser por los ojos.
Para maldeciros con la boca ancha.

¿De verdad? ¿En serio?
¿Crees que pensaba en ti?
¡Venga ya!

La poesía soy yo, ¿me oyes?
Que no se te olvide.

DESCRIPCIÓN DE UN SUCESO ACAECIDO

En la habitación podemos observar un sillón de orejas algo desgastado por los años, una lámpara de pie en hierro colado y tulipa estilo art-deco, sobre una mesilla baja lo que parecen ser notas tomadas de manera apresurada, a decir del análisis caligráfico superficial, el análisis grafológico, no obstante, revela que esas notas fueron tomadas bajo los efectos de algún cuadro de ansiedad por parte de quien las escribió, y cuyo contenido se halla bajo secreto policial. Junto a la ventana, una estantería con libros dispuestos sin orden, en cuyas baldas también encontramos pequeños objetos decorativos como piedrecillas de la playa, una concha vacía, un dado rojo, una pluma de ave, un cochecito de metal de juguete, marca Peugeot, fotografías de trompetistas, actrices, entradas de conciertos, una cajita pequeña de marfil, un catalejo dorado. En el suelo, junto a la mesa y sobre la alfombra persa (ignoramos si auténtica o no), en decúbito supino, con vida y plenamente consciente, se observa al hombre solo, vestido con una camisa gris, pantalones de pijama a cuadros rojos y verdes, riendo a carcajadas profundas y largas. No se aprecian señales de violencia, ni daño aparente en las partes que el individuo muestra en la posición en que se encuentra. Tampoco se sugiere la concurrencia de episodio traumático alguno, a decir del aspecto apacible que ofrece el hombre solo, y por ello pensar que el estado de permanente hilaridad pudiera deberse a algún shock. No es lo que se aprecia, la verdad. Como tampoco se sustentaría el hecho de estar ante un cuadro de delirio o intoxicación por el consumo excesivo de sustancias narcótica o estupefaciente, o bebida alcohólica alguna: no hay ceniceros, ni cucharillas, ni vasos, ni copas, ni botellas de ningún tipo de bebida, excepto una de agua que sirve de florero, que pueda apoyar esa hipótesis. Por tanto, lo que podemos observar en la escena descrita es simplemente un hombre con un inofensivo síndrome transitorio de felicidad, lo que no requiere por parte de nosotros ningún tipo de preocupación, y por no resultar una amenaza para la integridad de las personas ni para sí misma, aquí concluye la investigación.
 

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Javier Mérida