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sábado, 13 de octubre de 2018

BOMBILLAS

Se me fundieron un par de bombillas hace unos meses. Y en realidad pensaba que no eran bombillas tan importantes, como las de la cocina, a la cual entro y salgo —enciendo y apago—, incluso las de la lámpara del comedor, siempre encendida para nada, distraída, iluminando una mesa vacía mientras la velada discurre entre las penumbras del salón. Las del aseo son importantes. Esas sí. Nada hay más peligroso que un baño a oscuras. Ese espacio angosto que requiere de esa litúrgica precisión para moverse en él propia de karateka. El cuarto de baño debiera ser siempre la habitación más grande de la casa. Con los siglos, se ha hecho del aseo una cuestión meramente higiénica, una cosa oblicua, como todo trámite. Hay quien aún puede disfrutar del ritual y, alegre, solazarse en un buen baño. Maquillarse en el cuarto de baño es siempre cuestión de premura, de último retoque contra el tiempo. Sin embargo, un tocador frente al que las damas se recrean y confiesan el reservado encanto de sus hoyuelos —mecanismo íntimo de toda mueca—, la hermandad clandestina con sus comisuras entre parpadeos, permite que asistamos a ese su embelesante cortejo de la belleza hacia ellas mismas frente al espejo; desenfocados cuando la mujer seduce a la dama y ambas sucumben al debido encuentro de sí mismas. Como actrices en sus camerinos, donde siempre se respira, hay vida, y una cuidada proporción entre lo vano y lo solemne. Las actrices salen de dentro. Los actores, en cambio, o son vanos, o son solemnes. Aún siguen buscando el término medio. No por lo que esperan, sino por lo que se juegan. Entran de fuera, irrumpen. En el juego de jugar de ambos todo se enciende. A menudo arde. Por eso hay bombillas que son importantes. Las del dormitorio, salvo las de las mesillas, para leer, y desnudarse, se pueden fundir cuantas veces quieran. Lo que les quería contar es que hoy compré bombillas, y que me encantó encender y apagar la luz varias veces después de desmontar un plafón y volverlo a montar, con la dificultad que eso entraña para un elefante como yo por la mañana.

lunes, 23 de julio de 2018

AGUA FRÍA

Némesis de indulgentes, suplicio de pusilánimes, delatora implacable de lloricas, tormento de débiles, horrenda crueldad de la mañana, tercermundismo para prepotentes y conformistas, imperdonable insolencia del azar, hedor de higienes presurosas, incompletas, agrio insulto al progreso, a la dignidad, al confort, incívica, atentado contra la integridad física y mental, improvisación inmediata de excusas para impuntuales, digestión en peligro, delito contra la salud privada, guerra psicológica contra el bienestar. Agua fría, contrarrevolucianaria de mierda.

MEAR


A menudo meo sentado.
Temo salirme por fuera.
Por la tangente del abismo.
Fuera del tiesto.

Otras veces
meo de pie,
por dentro. Minuciosamente
por los lados, para no hacer ruido.

Siento alivio en esos urinarios
colocados uno junto al otro.
Donde todos los que meamos
poderosos o no, somos unos completos

desconocidos.

Las ganas de mear
siempre entran con uno
al buscar las llaves de casa.
Así el regreso; así el hambre.

Un agitarse frenético.
Un pulsar absurdo de cisterna
por si el agua inspira.
El aguijón de la gana.

El goteo frustrante.
El intervalo. La pared de losetas
frías. El olor a cloro. A pescadería.
El inexplicable charco.

La tortura del halógeno
con temporizador.
"Lo estoy haciendo bien" —piensas;
y la oscuridad. Luego el lamparón delator;

la aspersión en la pernera.
La gotita incómoda
que humedece el calzoncillo.
El disimulo. Nadie va a creerte.

No lo niegues.

Mear no es un arte discreto.

ITALIA POLONIA PERÚ CAMERÚN (MEMORIAS '82 y '83)


ITALIA POLONIA PERÚ CAMERÚN
(MEMORIAS '82 y '83)

El álbum del Mundial 82.
El de "E.T.". El de "El Retorno del Jedi".

El álbum del Mundial 82.
El de Naranjito. El de la secuencia
aleatoria de países, de retratos
de gente cansada, el pegamento.

Yo de Rossi, mi hermano de Armstrong
—Irlanda del Norte—; desde entonces
le gusta el verde.

Luego el Subbuteo:
aquel dolor de uñas. Peanas.
Futbolín para expertos en boliches.
Montar el campo:
la tela verde sobre el suelo:
ritual, para mí, de toda derrota
La pelota grande.

Como en el Subbuteo no estaba
Armstrong,
adoptó a Rumenigge, el Garfunkel
de Alemania Federal.

Yo siempre era "los malos".
Darth Vader, el lado oscuro.

Mi mal perder.

¿Quién se acuerda de N'Kono, portero de Camerún?
Aquel hombre negro, alto,
vestido de la "Fuga de Logan", como Arconada.

Impresionaba aquella estampa.
Camerún. Era un país.

A Arconada, guardameta con aspecto de funcionario,
le rompieron la tibia y el peroné
que Alaska y los Pegamoides movían
cuando cantaban "Bailando".

Entendí su dolor cuando me explicaron
en Naturales lo que eran la tibia
y el peroné. En el colegio.

Arconada, el Manolete del fútbol español.

España-Malta. Aquel gran fraude.
Malta no podía ser tan mala. 12 goles a 1.

Mi padre me estaba pelando cuando a Remedios Amaya
le pusieron un cero por preguntar,
en pleno Festival de Eurovisión,
"Quién maneja mi barca", (Múnich, RFA)
Descalza. TRUAPUÁ. Risas.

Felipe González. Aquel pasillo. El cuarto grande.
Los soldaditos de TIMPO, los calzoncillos de guasona.
La cama de Venezuela,
como el libro gordo de nuestra prima,
también de Venezuela.
El club de las piscinas, a bañarnos.
El escalope. La correosa tarta de chocolate.

Calle María Cristina. Calle Ramón Trujillo Torres.

"300 millones". "Informe Semanal". "Sesión de Noche". "Anillos de Oro". "Verano azul".
Moría Chanquete, mientras Willy Fog empezaba su viaje;

Mayra Gómez Kemp, que es cubana.
El 1,2,3: La Ruperta, Botilde —tuvimos el juego de mesa—, El Chollo. Han perdido ¡este coche! —Un Renault cuatropuertas— ¡este apartamento en Torrevieja!"—;
"Hasta aquí puedo leer"; Bigote Arrocet, Raúl Sénder, Charito Muchamarcha, Antonio Ozores —¡No hija, no!—,
Eso era sagrado.

Antes del 1,2,3 fue "Lápiz y Papel".

El inquietante comienzo de "La Clave",
Balbín, el señor aquél. Con todos aquéllos,
hablando de aquellas cosas.

El sabor de la mantequilla en las tostadas mientras daban "Retorno a Edén", por la tarde.
Stephanie Harper, desfigurada por un cocodrilo;
el doctor —su marido en la serie—, al cual decían que se parecía mi padre; y a Kenny Rogers.

El vídeo FISCHER en el que grabé "Mascarada" —con Rod Taylor—,
el capítulo de Raúl Salazar, de Katia Rakova, búlgara ella, espía,
que la detenían en el aeropuerto de Lisboa.
Para los americanos, Portugal, era todavía
una cosa exótica sobre la que proyectar
postdictaduras.

"Falcon Crest". "Dinastía". "Canción triste de Hill Street" —"tengan cuidado ahí fuera"—. Eran esas nuestras tardes.

Yo le escondía los Coronas a mi abuelo.

En la joyería, los Fritolay, la natilla de chocolate y los Oppal-Fruits. Sirka enseñándome el nudo gordiano en el buró.

La visita ocasional a la Casa Portuguesa
en busca de Chewbacca,
el juego de "Firefox" en las maquinitas del vicio
de la esquina, a donde nos escabullíamos.
El gran estreno de "Thriller" en Maya. El Spectrum 48K. Cuando Horacio se iba a esquiar.

"¡Las Pícaras!" (desde el pasillo) —yo que no me sabía callar desde que empecé a hablar—, el escándalo.

La segunda cadena. Aquellos dos rombos que pesaban como dos losas en la curiosidad.

El Volkswagen escarabajo azul TF-9305-C —porque me dio miedo el Ford Mustang—. El amarillo, TF-3709-A —antes el NSU—.

Mi madre fumaba Kent y leía "El perfume" de Süskind en el sofá. Me encantaba el olor cuando encendía cigarrillos, entonces ella tenía 35 años.

Mi padre grababa flamenco en cintas Sony.
Dibujaba casas a rotring en su tablero, bajo flexo.
Aquella precisión. El eterno misterio de sus cosas.
La famosa grapadora.

Las sábanas de Barrio Sésamo. La crujiente litera.

¡A la cama los dos!

FANTASMA


FANTASMA

Te miro dormir.

El ruido del tráfico,
la luz, por tenue que sea,
te deja dormir.

Te mueves mucho, tanto,
que al despertar, de un humor envidiable,
parece que por la cama
hubiera pasado una estampida de jabalíes:
la sábana liada a los tobillos,
el brazo izquierdo cosquilleando
por haber estado tanto tiempo bajo el pecho,
lamparones de baba vieja en la almohada,
el pijama húmedo de sudor,
el aliento a perros muertos,
restos de pestañas.

Esa deliciosa manía que tienes
de poner el despertador dos horas antes
para ganarte el placer de apagarlo
y remolonear, retozar bajo el edredón,
gimiendo de placer, el cálido placer
de saber el tiempo que te queda por delante.

Sé que a menudo no sueñas.
A veces dices que te despierta el sonido
del timbre. Y que te levantas, y vas,
y abres la puerta o descuelgas el telefonillo,
y no hay nadie. Siempre en lo mejor del sueño,
cuando sueñas. Y no hay nadie.
Es una floración abrupta. Impertinente.

Entonces, ya en pie, vas a orinar.
Aún en estado de sopor te sientas en la taza
y orinas con violencia todo lo que no orinaste:
dichoso embeleso.

Te miras al espejo. Toses ámbar.
Te horrorizas. La liturgia de lavarte la cara,
tres veces, antes de ir a la cocina
y preparar café. Te lías un cigarro y esperas.

Deambulas por la casa sola, pones música.
Te rascas el culo, —erotizante
risrís por debajo del elástico—
te estiras mientras alzas
una especie de llanto o lamento, con los brazos en alto,
un sonido de orgasmo, una danza africana,
y todo tu esqueletito hace crack.
Como si se te recolocara el alma.

Huele a pies.
La ropa ovillada, dispuesta
de cualquier manera sobre el escabel.

Regresas al dormitorio.
Sobre la mesilla, el libro.
El capítulo que se quedó a medias
antes de que el peso del sueño
te dejara en ascuas, y recuperas la historia,
ya en el sofá.

Borbotea el café. Te sirves una taza,
escueta, bien cargada.
Enciendes el cigarro.
Miras por la ventana,
con la tacita en la mano.

Pronuncias pequeñas cosas,
gilipolleces ante el espejo,
gestos, muecas. Podrías dedicarte
a eso, piensas, a doblar películas,
a proferir solemnes discursos,
a conjurar íntimas payasadas.

Pero lo cierto es que ya
has dado de lleno en el día,
los minutos te pellizcan.
Te empujan a la ducha,
esa ducha breve, rápida,
te deshaces de toda miasma.

De modo que vuelves a tu nombre.
A tu ser.
A la vida. Te quitas una legaña.
Te tiras un pedo, bien sonoro,
antesala de un buen tronío,
y terminas el capítulo del libro
que se quedó a medias.

Tiras de la cisterna.
Te lavas los dientes.
Te preparas para la vida.
Y diez pisos más abajo
todo el mundo va
a donde va.

En el paso de peatones
piensas, con alarma
si apagaste el fogón.
Si cerraste la casa
convenientemente.

Ya lo sabrás al volver.

ESQUELETO DE LA SOMBRA

Somos un rastro
del presente,
esqueleto de una sombra
reseca sobre el tiempo.

Humo,
alma que se desprende
de todo lo que ardimos
en cada incendio apagado.

Somos el contorno
difuso de la huella
resistiéndose
al colmillo lacerante de las olas.

Escombro del atrás.
Silencio cansado
de querer decirlo todo.
Conjetura de la memoria.

Somos como dejamos,
como volvemos a ser.

Somos la última vez
que nos veamos así.

lunes, 28 de mayo de 2018

MECHERO

Perdí tu tacto de cuero,
el que me hacía hacerte
arder, recrearme en tu espalda.

En las vértebras del nudo
que acababan en cola, bífida,
coronada por una semilla del sol.

Quien lo encuentre
sepa qué hay en lo que toca.

En lo que enciende.

sábado, 19 de mayo de 2018

IMAGINACIONES MÍAS

Seguro que me equivoco al imaginar que me estarás imaginando, de un lado para el otro, como león en una jaula, como pez en el agua de una pecera, muriendo en silencio por la boca de la que salen lapidarias burbujas que se estrellan contra nuestras corazas de molusco. Me equivocaré, seguro, al imaginar que estás imaginándome mientras ensayo grandilocuentes discursos, con mi torpe oratoria; jurando en arameo, hablando solo, en bata; adoptando posturas diferentes según el tono, dialogante, desafiante; vistiendo el reproche perfecto de argumentos incontestables, de sólidas razones que justifiquen el odio que imaginamos tenernos. Supongo que estarás imaginando, también, el fondo musical, la banda sonora de esta escena muda de interior tarde. Imagina la música que quieras. Toda vale. Imagino que estarás imaginando la distancia que me separa del teclado, del teléfono, de nuestras respectivas casas. Quizá, no lo sé, imagines por mi parte una estrategia infalible de consuelo, eficaces tácticas de defensa o de ataque, presencia de armas secretas, de profundos refugios antinucleares para avestruces. Que me trague la tierra. Puede ser que me imagines, incluso, jugueteando con un sacacorchos mientras observo una botella o dos, los aperos de fumar un poco más allá, cosas que hacen memoria; que si no ahora, pronto andaré sumido en el más desesperanzado llanto. Tal vez, no aventuro posibilidades, me habrás imaginado, conociéndome, yendo a comprar comida rápida para no desfallecer; derrotado, retorcido en la cama deshecha, lacerado por un trágico dolor que rasga toda vestidura, o que estoy en pijama, adherido al anhelo, a la mudez de una hache que se intercala en todo, observando como un buho. Insisto. La música que quieras. Es probable que imagines en este momento la densidad de colillas por cenicero, teniendo en cuenta la cantidad de ceniceros disponibles por metro cuadrado de soledad, por cada centímetro de esmerada metáfora, imaginándote.

A lo mejor te imaginas que somos enemigos.

Nada más lejos.

Seguro que durante todo el tiempo que has invertido en leer esto, no me habrás imaginado escribiéndolo.

Hé ahí la metáfora.

lunes, 26 de febrero de 2018

PAIRO

El súbito conocimiento de las cosas que se alejan en enjambres abismales por sobre una última caricia en el aire, al amparo amarillento de la música solar que irrumpe en la estancia con lenta orientación.

El repentino escape del calor por la rendija difusa pintada en mi nuca con rumor de sombras, pájaros; niños chapoteando en la piscina blanda de la tarde.

Así es mi nombre ahora, cuando menos he de saberme aconteciendo.

miércoles, 17 de enero de 2018

martes, 16 de enero de 2018

CENIT CERO

Mis colillas, recostadas en torno a la tuya,
erguida aún, latiendo de carmín
sobre el desolado paisaje
del cenicero.

BEING THERE

Te quedas, aire, ausente presencia repentina,
vago aroma de intenso, sutil
silencio que se arrastra con la arena
por mis dedos,
aferrándose al instante de estar ahí,
el que llena, despacio, el momento vacío,
el movimiento que fue ese tiempo y
que se queda, aire,
colgado del perchero donde, hasta hace una eternidad,
estaba tu abrigo.

lunes, 13 de noviembre de 2017

DE CÓMO

De cómo el rayo mañanero,
el que, oblicuo, trae a tu nombre
mi forma inconsolable, mi blancura
hecha cuerpo al lugar donde despiertas,


al residuo hace poco ronquido
que introdujo en mi sueño una explosión
de gas, el sobresalto, el cambio de mejilla
en la almohada que huele a babas secas,

vestigio sutil del profundo sueño,
batalla, no por ello menos guerra,
por la conquista del territorio
tierno y cálido de la oscuridad.

De cómo el estornudo supone
en mitad de la noche un escándalo,
una justificada desactivación
de todo reproche,

una solidaridad de ácaros,
una constante presencia que duerme,
siempre a su manera,
al lado de mi abismo, a orillas de la alergia.

De repente una ambulancia,
avisándonos de que a la gente le pasan cosas
mientras dormimos. Cosas que quitan
de nuestro sueño un segundo, una importancia.

De cómo se encuentran nuestras piernas,
de cómo luchamos por un pedazo de sábana
contra el persistente escalofrío.
De cómo, frente a frente, aún hay espacio de beso.

De lo solas que se quedan las arrugas de la mañana;
de cómo identifico tu silueta en el trajín
del grifo lejano del baño. Tu danza de puntillas
por el pasillo. El sonido que haces al vestirte.

De cómo luego vienes a acariciarme el pelo,
de cómo crepitan tus ojos en silencio
al sentarte al borde de mi parte del colchón,
lo blando, lo leve que mis dedos hacen en tu cuello.

De cómo suenan tus llaves, cuando cierras la puerta,
mientras esperas el ascensor. De la puerta del portal,
cerrándose tras de ti cuando te vas.
De cómo me dejarás la calle cuando despierte.

martes, 29 de agosto de 2017

DOMINGO INTERIOR TARDE

El sueño de la cacerola.
Imagina un guiso imponente.
Un hambre saciada.
La emigración del sabor
de humildes lentejas,
suavidad de zanahorias.
Voracidad de familia vocinglera.
La risa que estalla en cualquier parte
de la mesa. Comedor trepidante.
Quienes dormitan en el sofá,
ajenos a la timba de chinchón.
Al licor de hierbas. Al mejunje.
Al meneo de la próxima partida.
Yo y mi parque móvil de miniaturas.
El alcohol a raudales modificando
comisuras. Elefantes que deciden
descansar en el pasillo. Serengueti
de almas que poseen la dicha de no
tener el tiempo de marcharse. El hacer
de toda la tarde. Lo constante del licor.
Abuela que arría velas de navío hacia
el momento sutil de la marcha. El aire
que deja en su bondad discreta.
La respiración luego se acoge a sagrado;
una iglesia de macacos que se quitan pulgas
y pólipos de las orejas. Un aire que ya es casa.
Esta casa que sigue siendo templo.
Lugar donde renacer es principio y causa.
Todo lo demás viene haciéndose.
De lo que se come se crea.

martes, 4 de julio de 2017

VIEJITO

a mis nietos

No soy viejo.
Sólo he recorrido más distancia.
Eso erosiona mi cuerpo,
desgasta mi vista,
me cansa el corazón.


Olvido las cosas
porque mis recuerdos
también vienen de lejos,
y necesitan descansar;
la memoria es una mala costumbre

que me acompaña.
Sin embargo, mis hábitos
son los de siempre:
beber, fumar, reír, amar,
ir corriendo a todas partes.

No soy viejo.
Las arrugas son surcos
que dejan las caricias
del aire que frecuento
cuando salgo a la vida.

Mis dientes ya comieron
demasiado. O bien poco.
Por eso se me caen,
se van de vacaciones.
Añoran el sabor del polvo.

Mis huesos avisan
a la muerte de que voy.
En realidad la muerte
no quiere que yo vaya.
No le gusta el ruido que hago.

No la deja dormir.
Por eso, enojada,
a veces se nos lleva
a un sitio donde no hagamos
ese ruido.

Nos encierra en el pasado.
Nos detiene.
A los viejos la muerte
los quiere lejos.
Por eso les regala la eternidad;

para entretenerlos.
Para que ustedes
los encuentren,
tranquilos, callados.
Como los viejos.

No soy viejo.
Sólo he recorrido más distancia;
sólo estoy más cerca,
peligrosamente,
del confín del tiempo.

lunes, 19 de junio de 2017

CORRÍJANME


Corríjanme si me equivoco,
pero el aire aún desata mi peinado;
un peinado de nadie, anodino,
no curado por las bellas intenciones
de un padre que me cuida la cabeza,
un peinado mesado en la ternura
embelesada de una madre tan rotunda
como para dormirme en la forma más sencilla.
Para que duerma bien y lindo,
de ese dormir de niño rabioso,
rubio, bizco: soñador de antílopes,
de tortugas.


Corríjanme si me equivoco,
pero es que al caníbal que me habita
no le priva la carnaza, tan sólo el alma
de las cosas hechas con descuido.
Me da hambre conocer cada día
la posibilidad de que todo sea hacia afuera,
un programa espacial fallido, una visita
a otros planetas con ropa inadecuada.
Un volverse mosca entre las tardes calurosas,
una furibunda reacción del silencio en llama.
Digno de ver en cualquier sutileza,
asco que todo ser conjuga,
que todo estar dispara.

Corríjanme si me equivoco,
por favor, pues nada hay
en mí que sea riguroso,
certero, cabal; tan sólo lo leve,
lo que nace constante en un nido,
un cobijo extraño, ligero como una sombra.
Un hermano con el que salgo a pasearme
el tiempo que nos une, el espacio que nos marca
la distancia precisa del encanto. Un diez
en el examen de conciencia.
La fruta que se me olvida por comer
en ocasiones.

Corrígeme si me equivoco, amor.
Busca conmigo la manera de estar,
de ser y parecer, en todo lo que copula,
en todo lo que brota amargamente sin saber
lo que nos hace hacer este amor, lo que me otorga
serte dardo. Límpiame esta sal que lija
la madera de mis estantes, el descanso
de mis libros. La soledad inquieta
desde donde me nombro a menudo
sin saber qué cosa es exactamente,
sin querer qué es lo que me quiere.
Todo este entonces.

Rígeme, ¡oh diosa de la espera!
Lánzame al espacio sin noción
de tiempo. Cancela mi deber de vuelo,
saca de mi alma la aurora en niebla,
el frío cuando disto tanto de conocer
el musgo retardado inmerso en la caricia.
Pírrica mi batalla sobre el mantel solo
de la mesa sola, de mi estancia breve
sobre el territorio virgen de la lluvia,
sobre el calor húmedo que nos escancia.
Palpitación constante del caos
criándonos entre dedos luminosos.

Corríjanme si me equivoco.
Convóquenme si no me rijo.
Sólo así haré del mar un clavicémbalo,
un tupido velo para gaviotas sueltas,
sin destino. Déjenme cazar musarañas.
Castigarme sin salir, en mi cuarto, con mis libros.
Con mi perenne vicio de bosques,
de anhelos no resueltos.
Con mi particular homenaje de duendes.
Grutas donde escribirles toda nube.
Todo albergue de lágrima imprecisa.

Corríjanme si me equivoco.
Sólo así les seré alguien,
contrario a lo que piensan,
esquivo a lo loco. Cojo.
Esquívenme a lo que giro.
A lo que toco.

viernes, 24 de marzo de 2017

ESPEJO

Es mirarme y decirme:
¿quién eres hoy?
Nunca pregunto quién el más hermoso del reino.

¿Quién ese señor que me interroga?
¿Por qué esas ojeras de lirón insomne?
¿A quién se parece mi reflejo?

Nunca pregunto quién el más hermoso del reino.
Tal vez me pierdo el piropo más sublime,
tal vez el perdón, la duda, la extrañeza.

La coquetería no es mi fuerte, ni mi débil
reclamo. Reclamo sólo mi aspecto.
Única manera de sentirme ahí. Así.

De pie sobre la sombra. En constante desafío.
Debería afeitarme. Cortarme los bigotes de la nariz.
Me resulta imposible no husmear. A lo felino.

Es mirarme y decirme:
Javier. Mi nombre. Mi semblante.
Qué mala cara. Qué triste figura.

Nunca quién el más hermoso del reino.
¿Bufón? ¿Poeta, acaso, —diosanto—, ¿Quijotito?
Vete a dormir. Mañana todo es no sé.

Es mirarme y decirme.

martes, 7 de febrero de 2017

MIS DEDOS

Es en mis dedos donde descansa toda posibilidad de caricia.
Donde reside la suavidad, la intensidad y la danza
sobre el teclado de mi voz.

La firmeza de la pluma que caligrafía,
muda, mi mente en el papel.
Mis órdenes, mis deseos.

En mis dedos el frío.
En mis dedos el placer probable,
el roce: el frenesí.

Las manchas de tinta:
negro semen infecundo.
La habilidad del vicio.

Albergue de múltiples aromas:
ajo, mierda, cebolla, coño,
pétalo, polla, labio, tabaco.

En mis dedos donde comienza el aire,
todo primer tacto del día.
Toda torpeza. Arpegio. Espina. Sangre.

La decisión de acercarme,
de alejarme, lo prístino. Lo vulgar.
Lo sutil. Lo desierto.

La convocatoria al puño.
La indestructible hermandad
de las manos. El sonido

de la soledad sobre la mesa.
La percusión del aburrimiento.
De mis dedos las garras,

las uñas sucias, rotas, comidas.
De mis dedos el soporte
del cigarrillo, el chasquido del fuego.

La comezón de la ausencia.

martes, 6 de diciembre de 2016

IN VINO VERITAS

Todo este tiempo les he estado escribiendo en calzoncillos. Sin que ustedes se den cuenta. No me visto de domingo para escribir. A veces desnudo, con la polla fáccida sobre la tela de la silla, como un apéndice más; como escribir con una verruga, un herpes, o un bostezo. Como escribir triste un poema alegre. Nunca escribo dormido, sin embargo. Me resulta imposible escribir soñando. No puedo hacer dos cosas al mismo tiempo. Borracho, sí. Borracho sí que les escribo. Sobrio también, que conste. Les escribo fumando. Tengo la habilidad de escribir con un solo dedo. Practico una mecanografía manca, de mutilado por los vicios. Llega uno a hacerse experto, créanme. Les escribo cansado. Sin ganas de escribir, pero yo les escribo. Cosas. Dramas de poetas que sólo se fijan en la forma de los charcos después de llover, salvado de la lluvia. No se puede escribir bajo la lluvia, la tinta se corre, el papel se reblandece. Nunca llevo bolígrafo, ni bloc de notas. Les escribo cuando llego. Cuando he dejado las llaves no sé dónde. Cuando me quito el disfraz. Después de todo. En diferido, como un gol repetido desde muchos ángulos de cámara. Les escribo cuando no debiera. Cuando tendría que estar en la cama, durmiendo. Pero, insisto, no se puede escribir soñando. En el supermercado, no les escribo. No les escribo en el trabajo. Les escribo en calzoncillos. Cuando hace frío, en pijama. No resulto nada sexy escribiendo, no escribo con voz en off. Eso es mentira. Se escribe como un polvo a salto de mata. Cuando no me ve nadie. Por la noche. De madrugada. Mientras vigilo las tostadas. Les escribo mirándome al espejo. Sacándome los zapatos. Canturreando por la casa, les escribo. Cosas. Les escribo. A lo mejor no pienso en ustedes cuando escribo. Es probable que no piense en nadie cuando escribo. No sé por qué escribo. Pero escribo. En calzoncillos. Con las piernas cruzadas. Con olor a pies, les escribo. Con mi mal aliento. Serio. No sonrío cuando escribo. No hay amabilidad, ni cortesía. No hay complacencia. Sólo escribo. Y miro lo que escribo. Leo lo que escribo. Me recreo. Como si me lo escribiera otro. Me encantaría saber que me leen en calzoncillos. En bragas. Sin calzoncillos, sin bragas. Sólo porque les escribo. No por otra cosa. Cosas, les escribo. Yo sólo escribo. De verdad, no por otra cosa, sino sólo porque no sé hacer bien otra cosa. Bueno, sí. Sé hacer arroz blanco. Pero mientras hago arroz blanco, no les escribo. Como cuando busco las llaves frenéticamente por toda la casa. Como cuando cojo el ascensor. Escribir en un ascensor es de enfermos, es imposible, no da tiempo. Nadie escribe así. Yo, por lo menos, les escribo en calzoncillos. Y lo digo. Y lo escribo. Me gusta escribirles. Me da igual si me leen, de verdad. No se sientan obligados.

viernes, 2 de diciembre de 2016

EFÍMERO

Siento aprecio por todo aquello que me deja solo. Por lo que me conduce al dulce aburrimiento. Todo eso me da la posibilidad del ánimo. La compañía íntima de la penumbra silenciosa que nadie me adivina. Los hábitos privados en los que me recreo, sin decisiones, sin opciones. La familiaridad de la inercia con que me voy añadiendo a cada instante. El gozo simple de pertenecerme. La firme intención de indefinirme, de diluirme entre mis cosas. De ser un yo más que sobra en lo que falta. Una incógnita. Lo equis que se despeja, que se despoja del resultado de la ecuación que implico. El misterio que no busco ser. La bella causa de ser sin tiempo. La noción de esqueleto que soporta toda mi vida. Mi profunda amistad con lo que es frágil. La fe en la inocente torpeza como modo de salvarse. Las ganas de doblarme sobre mí como un papel sin nada escrito. Permanecer efímero.